El futuro de un pueblo se construye invirtiendo en educación y ciencia. Recortar en conocimiento es condenarnos a un mañana de ignorancia.
— Roberto Augusto (@raugusto33) junio 3, 2012
Pensamiento crítico y opinión política
domingo, 3 de junio de 2012
El tweet de hoy
sábado, 2 de junio de 2012
El tweet de hoy
El ateísmo consiste en poder cuestionarse todo, incluso el ateísmo mismo. Es la libertad de no estar sometido al dogma.
— Roberto Augusto (@raugusto33) junio 2, 2012
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viernes, 1 de junio de 2012
El machismo del poder
Me
ha llamado la atención una foto que he visto hace unos días protagonizada por
el Rey y los presidentes de las empresas españolas más importantes. Entre esos
empresarios no había ni una sola mujer. El poder económico, en sus más altas
instancias, es cosa de hombres. Es cierto que esos señores, ya de avanzada
edad, reflejan la sociología de una España muy diferente a la actual, donde la
mujer debía ser una esposa sumisa dedicada en exclusiva a su marido y a sus hijos.
Seguramente dentro de treinta o cuarenta años una foto así será muy distinta,
aunque quizás menos de lo que nos gustaría, ya que el poder tiene una tendencia
natural a reproducirse de forma mimética: los hombres suelen elegir hombres
para los puestos de más responsabilidad.
No
creo que debamos esperar tanto tiempo para solucionar esta injusta situación de
discriminación de la mujer. Una medida que contribuiría a ello podría ser
obligar a tener un 50% de mujeres en los consejos de administración de las
grandes empresas. Sería, además, deseable que la mitad de los senadores y diputados,
tanto estatales como autonómicos, también fueran mujeres. Para conseguirlo se
podría exigir que en las listas electorales se alternen un hombre y una mujer
sucesivamente, algo que ya sucede en Andalucía. Así se evitaría que ellas
quedaran relegadas a las partes bajas de las listas, lo que les otorga menos
probabilidades de ser elegidas.
Los
que se suelen oponer a medidas de este tipo alegan que el que vale, vale, sea
hombre o mujer. Y que si hay hombres en los principales puestos de poder de la
sociedad es porque se lo merecen más que ellas. Esto es rotundamente falso. Esa
apelación a una ficticia meritocracia lo único que pretende es justificar desigualdades
sociales muy arraigadas en nuestra cultura. El problema está en que en la
actualidad las mujeres muchas veces únicamente pueden acceder a esas altas
responsabilidades siendo la “mujer de” o la “hija de” algún hombre poderoso.
El
Estado tiene no sólo el derecho, sino el deber de intentar acabar con ese
machismo del poder. Los que apelan a la independencia de las empresas privadas
no deberían olvidar que, tal como dice la Constitución, toda la riqueza
nacional está al servicio del interés general. Lograr la plena igualdad entre
hombres y mujeres contribuye al bienestar de toda la sociedad. Es un objetivo por el que hay que luchar.
El tweet de hoy
Sólo los que lucharon por lo que parecía imposible consiguieron que un sueño se convirtiera en realidad.
— Roberto Augusto (@raugusto33) junio 1, 2012
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jueves, 31 de mayo de 2012
El tweet de hoy
La esencia de la libertad es poder cuestionarse aquello que la mayoría da por supuesto y negarse a aceptar cualquier dogma.
— Roberto Augusto (@raugusto33) mayo 31, 2012
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miércoles, 30 de mayo de 2012
La degradación de la educación pública
Los
presupuestos de un gobierno marcan su orden de prioridades. Pero en los tiempos
actuales eso ya ha dejado de ser así. Son los recortes los que muestran la
escala de valores de nuestros dirigentes. El tijeretazo aprobado recientemente
por el PP en materia educativa supone un ataque nunca visto en nuestra democracia
contra el Estado del bienestar. El Gobierno prefiere masificar las aulas,
despedir profesores y subir las tasas universitarias mientras se dedica a
inyectar miles de millones de euros en bancos arruinados por culpa de su
especulación inmobiliaria. La educación, en cambio, es algo tan secundario que
puede ser recortado sin pestañear.
Detrás
de toda esta operación lo que se esconde es el intento de degradación de los
servicios públicos. Y el objetivo final es su privatización a través, por
ejemplo, de la fórmula del cheque escolar. Primero se recorta el dinero destinado
a la sanidad y a la educación, y luego se afirma que hay que ponerlas en manos
de empresas privadas porque no funcionan.
El
modelo social defendido por el PP se basa en la desigualdad. En una clase media
cada vez más empobrecida y en unas élites dirigentes ricas y poderosas. Los
funcionarios y los sindicalistas son un obstáculo en su proyecto destinado a
hacer más fuertes a las grandes empresas. Por eso se intenta desprestigiar a
los representantes de los trabajadores y a los empleados públicos, para
quitarse de en medio algo que les estorba.
Cuando
empiece el próximo curso escolar vamos a tener que sufrir aulas abarrotadas con
treinta y cinco o cuarenta alumnos, donde será casi imposible generar un buen
ambiente de trabajo. Y se acabará con los desdobles en las asignaturas más
importantes. Todo ello provocará inevitablemente una degradación de nuestro
sistema educativo que pagarán nuestros hijos y, por extensión, toda la
sociedad.
Una
educación pública de calidad es fundamental para lograr una sociedad más justa
y próspera. Es mentira que estas medidas son inevitables. Es posible recortar
de muchas otras partidas o aumentar la recaudación a través de la creación de
nuevos impuestos. Por ejemplo, se podría hacer pagar el IBI a la Iglesia
católica, la segunda mayor propietaria de inmuebles de España. Pero eso iría en
contra de su ideología.
Punto y aparte
Después
de algunos meses hablando del nacionalismo he decidido dar un giro a este blog
y desarrollar más temas centrados en la actualidad política y social. Quiero
poner una entrada diaria llamada “El tweet de hoy” donde elegiré uno de los
que suelo poner en Twitter. Seguiré hablando del nacionalismo y de las noticias
que pueda generar el libro, pero como un tema más entre muchos otros. Hay
vida inteligente más allá del nacionalismo. Espero que os interese este nuevo enfoque. Un
saludo a todos.
El tweet de hoy
La educación es revolucionaria porque nos hace ser críticos con el poder y nos ayuda a ser mejores. Es el camino para lograr la libertad.
— Roberto Augusto (@raugusto33) mayo 30, 2012
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Un nacionalismo en el armario
Este pasado domingo no he podido resistir la tentación de comprar ABC. Como todo el
mundo sabe, este periódico es conservador y monárquico y yo no soy ni
conservador ni monárquico, sino, más bien, todo lo contrario. En mi opinión
este medio es tan nacionalista como Avui, aunque esto pueda sorprender o
molestar a algunos. A pesar de todo el titular prometía: “Los 15 falsos mitos
del nacionalismo excluyente”. Me parece un reportaje digno de análisis que nos
puede decir mucho sobre la forma cómo ciertos medios tratan el tema del
nacionalismo. El subtítulo es este: “La máquina de fantasear del soberanismo ha
producido monstruos que ABC desmonta hoy”. Lo que pretendo desmontar son
algunos de los falsos prejuicios sobre los que se basa este reportaje.
Empecemos
por el editorial titulado “Entre el victimismo y la letanía”. En él se afirma que
“el nacionalismo es una ideología frustrante, porque genera procedimientos
ideológicos para que las culpas sean siempre ajenas, al mismo tiempo que se
marca objetivos irrealizables”. Aquí se dicen dos cosas distintas. En primer
lugar, se habla del victimismo nacionalista, algo que me parece acertado y que
también denuncio en El nacionalismo ¡vaya timo! (págs. 81-83). Los
nacionalistas tienen una excusa perfecta para no asumir la responsabilidad de
sus actos echándole la culpa de todo a la “nación” rival que quiere destruirlos
o someterlos.
Lo de los
“objetivos irrealizables” me parece más cuestionable. Supongo que se refiere a
la independencia de España, algo muy difícil en la situación actual. Pero que
algo sea complicado de conseguir no implica que no debamos seguir luchando
por ello. Personalmente me gustaría que hubiera una república en España. Sin
embargo, es evidente que este objetivo es hoy casi “irrealizable” (aunque cada
vez parece más factible). No por eso voy a dejar de seguir defendiendo aquello
en lo que creo. Muchas cosas que en principio parecían imposibles se han
acabado logrando.
En el
editorial, además, se sostiene que el nacionalismo se basa en “mitos exentos de
someterse al examen del rigor histórico”. Es una afirmación correcta, pero esto
no sólo sucede con los nacionalismos periféricos españoles, sino también con
los Estados consolidados. Muchos de los mitos del nacionalismo español son
falsos, tanto como los mitos de otros nacionalismos españoles. Pero de eso ABC
no quiere saber nada. Sí coincido con este editorial cuando afirma que el
nacionalismo “es, por definición, irracional”. Tan irracional, por cierto, como
la religión que tanto defiende este medio. Pero eso dejémoslo para otra
ocasión.
El primer
artículo está firmado por Jon Juaristi y tiene el apocalíptico título de “La
máquina imparable del delirio”. Allí este autor nos alerta de la capacidad
fabuladora del nacionalismo. Recuerda que esta ideología, en su origen, estaba
vinculada al racismo, algo que es cierto en muchos nacionalismos, impregnados
por la teorías racistas del siglo XIX que ya sabemos a donde nos llevaron.
Señala Juaristi acertadamente que “no fue el racismo patrimonio de los
nacionalistas periféricos”, ya que este fue defendido también por el franquista
Giménez Caballero. Otro aspecto que se señala en este artículo, y que menciono
también en mi ensayo, es que “los mitos nacionalistas son cuentos de buenos y malos”,
donde siempre el lugar del bueno lo ocupa mi “nación”. Así es el absurdo
maniqueísmo nacionalista. Los míos siempre tienen razón. Sin entrar a valorar
las referencias históricas que hay en el artículo de Juaristi (no soy
historiador ni pretendo serlo) he de decir que me parece un texto notable.
El siguiente análisis
trata sobre el nacionalismo vasco y es obra de Pablo Ojer. Ya que se dedica a
desmontar mitos de la historia nacionalista no voy a entrar en él. Ese es un tema
de historiadores. Mi reflexión pretende ser estrictamente filosófica, aunque me
parece bien que se denuncie la manipulación nacionalista de la historia, una de
las especialidades predilectas de los nacionalistas de todo pelaje y condición.
En segundo
lugar, ABC se centra en desmontar el nacionalismo catalán. María Jesús
Cañizares intenta mostrar la falsedad del mito de Rafael Casanovas y el tan
recurrente asunto de las balanzas fiscales. Por su parte Miquel Porta se centra
en “mitos y tópicos del nacionalismo catalán”, incurriendo, a mi juicio, en
muchos de los tópicos en los que caen los que se dedican a criticar a los
nacionalismos periféricos españoles. Este periodista dice que “el nacionalismo
catalán inventa la nación catalana”. Lo mismo podría decirse del español, del
alemán o del chino. Todo nacionalismo inventa una idea de nación que poco o
nada tiene que ver con la realidad. Y esa ficción es igual de falsa en el caso
de que se posea un Estado o no que respalde esa idea de “nación” creada por el
nacionalismo. No hay nacionalismos verdaderos (con Estado) y nacionalismos ficticios
(sin Estado). Todos son igual de falsos porque tergiversan la realidad. Miquel
Porta sostiene que “en Cataluña nada es propio y todo ―identidad, historia,
lengua, cultura, voluntad mayoritaria de ser― es compartido en el seno de la
nación española”. Creo no equivocarme si afirmo que la “nación” de la que habla
el señor Porta nada tiene que ver con el Estado, sino que se refiere a ese
concepto mítico de “nación” que tanto gusta a los nacionalistas. La contradicción
me parece evidente.
El tercer y último
nacionalismo tratado es el gallego. En la página 116 de El nacionalismo
¡vaya timo! afirmo que una de las características del nacionalismo español
contemporáneo es (número 6) “la acusación de que en las autonomías, en algunos
casos, se educa a los jóvenes en el odio hacia España y en la negación de una
historia y una cultura común”. Alfonso de la Vega nos ofrece un magnífico
ejemplo de esto cuando dice que “el adoctrinamiento lejos del contraste y búsqueda
científica del conocimiento que sufren muchos educandos en Galicia alienta la
separación de la juventud de su legítimo sentimiento de pertenecer a una gran Cultura
como es la española”. El nacionalismo que se puede deducir de la afirmación de
este autor no necesita mayor comentario.
Finaliza el
reportaje de ABC con un artículo del conocido (al menos en Cataluña)
periodista Juan Carlos Girauta. En él se apuntan algunas cosas interesantes,
como una referencia a Renan o a Gellner. Girauta también critica la idea de que
todo el mundo es nacionalista, una de las muchas falsedades en las que caen los
seguidores de esa ideología. Lamentablemente se pierde en asuntos menores como
abucheos en un partido de fútbol y cosas por el estilo que no me interesan
nada.
Pero
lo más importante de esta serie de artículos no es lo que se dice en ellos,
sino lo que no se dice. ¿Cómo es posible hablar del nacionalismo en España y no
mencionar al nacionalismo más importante que ha habido en nuestra historia, es
decir, al nacionalismo español? Un nacionalismo que era una de las fuentes
ideológicas más importantes del Franquismo y que ha condicionado de manera
decisiva la historia de España en el siglo XX. ABC no critica al
nacionalismo, sino a unos nacionalismos concretos que no se adaptan a su idea
de lo que debe ser España. Todo este reportaje nos ofrece una prueba clara y
distinta, como diría Descartes, de la característica principal del nacionalismo
español que señalo en mi ensayo: “La negación de su propia existencia. El término
‘nacionalista’ es usado sólo de manera peyorativa para referirse a los
nacionalismos llamados periféricos” (pág. 116). El nacionalismo español está en
el armario y se niega a salir de él. Es un tema tabú hablar de ese asunto y los
que lo hacen deben asumir las consecuencias. Mi denuncia de ese nacionalismo
es, sin duda, una de las causas del silencio mediático que ha rodeado al libro.
De lo que no se habla no existe. Nadie quiere enfrentarse a sus propias
contradicciones. Nunca podremos dejar atrás esta ideología si no somos capaces
de aceptar su verdadera dimensión en España. Algunos viven muy cómodos
enquistados en su propio nacionalismo despreciando el de los demás. La solución
de este conflicto sólo se alcanzará derrotando a la ideología que lo genera.
domingo, 27 de mayo de 2012
El mito de la persecución del castellano en Cataluña
Llevo
unos diez años en Cataluña y nunca, en todo este tiempo, me he sentido
perseguido o discriminado por hablar habitualmente en castellano. En muchas
ocasiones he dirigido escritos a la administración autonómica en español y
todas mis peticiones han sido atendidas sin ningún problema. Durante casi
cuatro años he sido becario predoctoral en la Universidad de Barcelona gracias
a una beca de la Generalitat que me fue concedida para hacer una tesis doctoral
de Filosofía en castellano. Hablar de una persecución lingüística del
español en Cataluña es un completo disparate. ¿Cómo se puede decir algo así
cuando el castellano es oficial y es la lengua más usada en los medios de
comunicación? La fuerza del español en Cataluña es enorme, algo que se ha
fortalecido en los últimos años con la llegada de inmigrantes de otros lugares,
muchos de ellos procedentes de Hispanoamérica.
Todos los alumnos salen de la escuela
pública en Cataluña conociendo el castellano. Esto no puede decirse del
catalán, a pesar de la tan criticada inmersión. En muchos sitios de Barcelona y
de su área metropolitana el castellano es la lengua mayoritaria. En esos
contextos sociales donde el español es hegemónico el modelo de inmersión logra
que estos alumnos puedan salir del instituto conociendo bastante bien la lengua
catalana. El gran problema educativo en Cataluña, y en el resto de España, es
el bajo nivel de conocimientos, no la lengua en la que se imparte la enseñanza.
Es indignante muchas de las cosas que
se dicen sobre este tema. Algunos afirman que en Cataluña se obliga a los niños
a hablar catalán en el patio. Eso es sencillamente falso. Los alumnos hablan lo
que les da la gana, así ha sido siempre y nadie lo va cambiar. Para justificar
este disparate los que lo dicen se basan en un informe hecho por algún
funcionario nacionalista de la Generalitat que decía que el catalán debía
conquistar el patio. La realidad es que jamás se ha tomado ninguna medida en
esa dirección y que ese informe no deja de ser la expresión de un deseo
insatisfecho. Ese tipo de proceder es habitual entre algunos de los críticos de
la política lingüística catalana. Cogen algún hecho anecdótico o un informe al
que nadie ha prestado atención y lo elevan a categoría general.
Otra de las falsedades que suele
decirse es que en Cataluña se adoctrina a los jóvenes en la escuela en el
nacionalismo. Esta acusación me molesta y me ofende profundamente. ¿Los
profesores de castellano que damos clases en esta comunidad también somos
adoctrinadores al servicio del nacionalismo catalán? Es un insulto a todos los
profesionales que hacemos nuestro trabajo educativo lo mejor que sabemos,
muchas veces en condiciones muy difíciles, soportando violencia escolar, falta
de apoyo de las familias y de la administración. Los profesores catalanes nos
dedicamos a impartir nuestras materias lo mejor que sabemos.
Se
exagera, además, nuestra influencia sobre los alumnos. Si fuéramos capaces de
adoctrinarlos eso significaría que tenemos la posibilidad de influir de manera
decisiva en sus mentes, algo que no pasa en la realidad. Con conseguir que
sigan la asignatura y hagan los deberes (una misión casi imposible) ya tenemos
bastante para estar metiéndonos en asuntos ideológicos. Los estudiantes y sus
familias no permitirían que se les impartiera doctrina política. Si algún
profesor lo intentara seguramente se encontraría con la oposición de muchos de
sus alumnos. Eso no significa que alguien, por su cuenta y riesgo, declare en
clase sus ideas nacionalistas, pero de ahí a adoctrinar hay un gran trecho.
Acusar a la administración catalana y a los profesionales que trabajamos en
Cataluña de adoctrinar es falsear la realidad.
Otra cosa que considero obscena es
comparar la actual política lingüística catalana con la realizada durante el Franquismo.
Recuerdo, por ejemplo, un famoso titular de ABC donde se decía,
refiriéndose a este asunto: “Igual que Franco, pero al revés”. El castellano
actualmente es oficial en Cataluña y su estatus está garantizado por la
Constitución. Durante el Franquismo, en cambio, las demás lenguas no eran
oficiales y su uso en muchos ámbitos era reprimido. Además, comparar las
decisiones que se toman en Cataluña, donde existe una democracia consolidada,
con las de un régimen dictatorial me parece absurdo.
Uno de los problemas al tratar este
asunto es que no se distinguen tres niveles distintos. Una cosa es el
nacionalismo catalán, otra la política lingüística catalana y otra la inmersión
lingüística. Son tres elementos distintos, aunque estén relacionados entre sí.
Es evidente que rechazo el nacionalismo, motivo por el cual critico que esta
política lingüística se justifique apelando a ideas nacionalistas como la de
lengua propia, que analizo en mi libro. La política lingüística catalana me
parece, en líneas generales, correcta. El único aspecto con el que discrepo es
con el hecho de multar a alguien que tiene un negocio por usar sólo el
castellano (ya sé que se multa no porque esté en español, sino porque no esté al
menos en catalán). Esa medida contribuye al mito de la persecución
lingüística en Cataluña. La inmersión lingüística en catalán en la enseñanza no
universitaria es aceptable, como lo sería otro modelo si gozara del apoyo
mayoritario de la población, algo que hoy no sucede.
Después de leer y de pensar mucho sobre
este tema he llegado a la conclusión de que enfrentarse a la inmersión lo
único que hace es fortalecer al nacionalismo. Esta ideología se siente muy
cómoda en el discurso de la confrontación. Gracias a esos ataques los
nacionalistas pueden envolverse con la bandera de la lengua y postularse como
los verdaderos defensores de la lengua catalana. Esto que estoy diciendo aquí
sigue la línea de una idea que desarrollo en el libro y que ha pasado
desapercibida. Me refiero al concepto de desnaturalización. Si la gente
siente que su lengua no está amenazada o en peligro tenderá menos a asumir unas
ideas nacionalistas que se basan en el victimismo lingüístico. Si asumimos la
defensa de las lenguas minoritarias como algo positivo para todos los españoles
esto contribuirá a desactivar el discurso nacionalista periférico.
El
futuro de España no está en una unidad basada en la homogeneidad. La idea de un
Estado, una lengua, una identidad es algo que está condenado al fracaso en un
país tan plural como el nuestro. Ese proyecto ya fue impulsado por el
Franquismo y ni siquiera un Estado dictatorial logró implementarlo. El futuro
de España pasa por la unidad en la diferencia, en la asunción de nuestra
diversidad cultural y lingüística como un hecho positivo, no como un motivo más
para el enfrentamiento.
miércoles, 23 de mayo de 2012
Entrevista en La Voz de Barcelona
Hoy se ha publicado una entrevista en el periódico digital La Voz de Barcelona que puede leerse AQUÍ. También se ha publicado en Periodista digital. Agradezco a Daniel Tercero esta interesante entrevista.
jueves, 17 de mayo de 2012
El derecho democrático a la inmersión. Respuesta a Fernando Savater
Respuesta
al artículo “Auscultando nacionalismos” publicado en El
País el 08-05-2012.
Con
toda seguridad Savater y un servidor coincidimos en nuestro rechazo al
nacionalismo, pero hay algo en lo que discrepamos de manera clara: me refiero
al espinoso asunto de la lengua, en concreto a la inmersión lingüística en
catalán practicada en Cataluña. El autor de Ética para Amador afirma que
no analizo el sistema de inmersión en catalán en lo que “supone de conculcación
intimidatoria de un derecho ciudadano que no puede ser suspendido por la
decisión de una comunidad autónoma”.
En
mi opinión, si el pueblo de Cataluña ha decidido a través de sus instituciones
democráticas que quiere un sistema de inmersión en catalán esa es una decisión
que hay que respetar. De la misma forma, si hay personas, asociaciones o
partidos políticos, por muy minoritarios que sean, que prefieren otro modelo
tienen el derecho a defender esas ideas sin ser criminalizados, insultados o
ser considerados enemigos de Cataluña. En España nos queda un gran camino por
recorrer en el respeto a las opiniones ajenas. Estoy seguro de que Fernando
Savater estará de acuerdo con esto.
No
entiendo por qué este autor dice que una comunidad autónoma no puede decidir
sobre su sistema educativo si tiene la competencia para hacerlo. ¿Es legítimo
que el parlamento de Francia decida que el francés sea la única lengua
vehicular en la enseñanza, pero no es legítimo que el parlamento de Cataluña
decida lo mismo en relación al catalán? Y me hago otra pregunta más: ¿estaría
en contra de la inmersión Savater si el idioma vehicular fuera el castellano?
La posibilidad (o no) de elección de la lengua es una decisión que debe tomarse
a través de un parlamento democrático. Además, esa opción es moralmente
legítima porque no conculca el derecho básico a la educación.
En
Cataluña la convivencia lingüística es buena. El castellano no está perseguido
ni en peligro. Todos los jóvenes catalanes acaban la ESO hablando español (algo
que no se puede decir del catalán). La lengua de Cervantes goza de una
excelente salud y su potencia social es tan grande que, a pesar de la tan
criticada inmersión, está muy presente en la sociedad catalana, especialmente
en Barcelona y en su área metropolitana, que es donde vive la mayor parte de la
población. El oponerse a la inmersión no es una forma de defender la unidad de
España, sino de ponerla en peligro, ya que lo que provoca es un mayor auge del
independentismo. No tenemos que rasgarnos las vestiduras porque los jóvenes
catalanes estudien en una lengua española llamada catalán.
Savater,
con razón, afirma que “es una falacia insostenible” “decretar que son
igualmente nacionalistas tanto los partidarios de que se pueda elegir la lengua
vehicular educativa como los que imponen la inmersión”. Que yo sepa nunca he
dicho eso. Se puede estar a favor (como es mi caso) o en contra de la inmersión
sin ser partidario de algún nacionalismo. De hecho en mi ensayo critico la idea
de que “todo el mundo es nacionalista”, algo que es falso. Esta ideología
política es relativamente nueva en la historia, aunque sus partidarios quieran
convencernos de lo contrario.
Otro
punto en el que este autor no coincide conmigo es en mi crítica a Gustavo Bueno,
es decir, en mi análisis del nacionalismo español: “Que no sé si es tan
políticamente relevante en la España actual de los separatismos surtidos como
para merecer tan preferente tratamiento”. El nacionalismo más importante (y el
más violento) que ha habido en la historia de España es el español. En general
los nacionalismos de Estado son siempre peores que los que no poseen un Estado,
ya que carecen de toda la maquinaria represiva estatal. Ya existen multitud de
obras que denuncian los excesos de los nacionalistas periféricos. No he querido
que mi libro sea más de lo mismo. Por eso me ha parecido conveniente denunciar
la existencia de un nacionalismo españolista contemporáneo que considero relevante.
Mi rechazo del nacionalismo es total, sea catalán, español o de cualquier otra
parte.
martes, 15 de mayo de 2012
La polémica entre Moulines y Arteta
C.
U. Moulines, en su Manifiesto nacionalista, distingue entre el
negacionismo y el contranacionalismo. Los primeros sostienen que «no existe
ninguna entidad real que pueda considerarse el referente del término “nación
tal-o-cual”, a menos que entendamos por tal simplemente un Estado soberano» (pág.
27). El contranacionalismo no niega la existencia de naciones, «pero las
considera realidades nefastas» (pág. 30). Lo que Moulines llama
«contranacionalismo» es lo que yo llamo «antinacionalismo inconsecuente»,
expresión con la que describo a alguien que se opone de manera radical al
nacionalismo, pero que acepta el concepto de «nación» defendido por los
seguidores de esta ideología.
No quiero extenderme en este asunto. En
el capítulo 1 de mi libro analizo el concepto de «nación» y llego a la
conclusión de que debe ser abandonado o usado únicamente como sinónimo de
Estado sin ninguna connotación nacionalista. Los intentos de C. U. Moulines de
fundamentar la «nación» en el etnicismo me parecen también condenados al
fracaso.
En todo el discurso de este autor
subyace una profunda contradicción. Si el programa nacionalista es válido y
todas las «naciones» tienen derecho a sobrevivir, esto nos conduce a un
conflicto permanente, ya que muchas de ellas se superponen las unas a las otras
y reclaman para sí el mismo territorio.
Esto
es evidente en el caso español. Los nacionalistas españoles consideran una
parte esencial de España todos sus territorios, incluidos Cataluña y el País
Vasco. Para ellos desprender a España de una de sus partes sería como aceptar
cortarse una mano o un pie. Los nacionalistas de estas comunidades, por su
parte, reclaman como propio ese territorio que también desea el nacionalismo
español. Esto provoca un enfrentamiento irresoluble porque las aspiraciones de
las diferentes «naciones» son contradictorias e irrenunciables.
Otro aspecto que este filósofo no
señala es que todo nacionalismo, en menor o menor medida, posea o no un Estado
que respalde sus aspiraciones, es hegemonista. Lo es internamente ya que
siempre buscará que todos los que forman parte de su mítica «nación» asuman la
cultura y la identidad que ellos defienden, convirtiéndose en enemigos de la
pluralidad que Moulines dice defender.
En su primer artículo Aurelio Arteta
hace, a mi juicio, una crítica acertada de las evidentes debilidades del Manifiesto
nacionalista. Señala, entre otros aspectos, que «el contraste entre la
homogénea nación ideal y la heterogénea nación real incita al nacionalismo a
resolverlo a base de excluir de la auténtica comunidad nacional a los
desprovistos de los rasgos adecuados» (pág. 224).
Aunque
estoy más cerca de las tesis de Arteta que de las de Moulines, lamento el
enfado que se percibe en la réplica del primero (por ejemplo, cuando dice que
las tesis de su oponente son «disparatadas y por ello indignas no ya de
un ilustre pensador, sino de un ciudadano dotado de alguna conciencia crítica»
[págs. 219-229]). Probablemente con una mayor frialdad analítica el discurso
hubiera sido más convincente.
Hay dos puntos en los que discrepo de
Arteta. El primero de ellos es en la percepción del grado de maldad del
nacionalismo. Según mi interpretación este autor es antinacionalista. Yo, en
cambio, prefiero definirme como no nacionalista. Nunca habría dicho, como hace
Aurelia Arteta refiriéndose a los seguidores de esta ideología, que hay que «curar
a los pacientes de tal ilusión o reprimirla […] a través de los cauces de
un Estado de Derecho» (pág. 221).
El
segundo tema en el que no coincido con este autor es en el uso del término «nación»
en un sentido nacionalista, que Arteta parece aceptar: «La España de hoy, un
Estado multinacional y, por el grado de autonomía de que gozan sus etnias, de
hecho cuasi federal, sabe mucho de esto» (pág. 226). En su segunda réplica
Arteta, además, dice lo siguiente: «España se ha construido en el tiempo por
integración de naciones de origen y, en ese sentido, es una realidad
multinacional; […] acepto que pueda hablarse de “Nación española” o, como a
menudo se la ha llamado, de “una nación de naciones”» (pág. 210). No creo que
España sea un Estado multinacional. Lo que creo es que España es un Estado en
el que en algunas de sus comunidades (Cataluña y el País Vasco) existen
movimientos nacionalistas relevantes que no han conseguido el grado de
hegemonía suficiente dentro de sus territorios para lograr un Estado propio. Esto
es lo que me lleva a aplicar el adjetivo de «inconsecuente» al pensamiento de
Arteta. Este filósofo rechaza el nacionalismo, pero acepta su concepto de
«nación», algo que me parece contradictorio.
Los artículos
en los que se desarrolla este intercambio de opiniones son los siguientes:
v
«Manifiesto nacionalista (o hasta separatista, si me apuran)», de C. Ulises Moulines (Isegoría,
24 [2001]).
v
«Un nacionalista en apuros (El inconsciente separatismo de Ulises Moulines)», de
Aurelio Arteta (Isegoría, 26 [2002]).
v
«Crispaciones hispánicas (Reflexiones en torno a la terapia antinacionalista de Aurelio
Arteta)», de C. Ulises Moulines (Isegoría, 28 [2003]).
v
«Descaro del nacionalismo académico (O las muchas malicias de Ulises Moulines)», de
Aurelio Arteta (Isegoría, 28 [2003]).
v
«Carta abierta a los Directores de Isegoría», de C. Ulises Moulines (Isegoría,
29 [2003]).
martes, 8 de mayo de 2012
Artículo de Savater en El País
Hoy se ha publicado un artículo en El País sobre mi libro escrito por Fernando Savater. Agradezco a su autor su atención y escribiré próximamente una respuesta. El artículo puede leerse AQUÍ.
domingo, 6 de mayo de 2012
Todo nacionalismo es malo
Algunos pueden sentirse tentados en diferenciar entre un nacionalismo
bueno y uno malo. El primero sería aquel que defiende sus ideas
democráticamente. El segundo lucharía por la consecución de sus objetivos
utilizando métodos violentos. No obstante, hay que diferenciar entre los
procedimientos que se utilizan para defender una ideología y la ideología
misma. Una cosa es la verdad o falsedad de los preceptos en los que se basa una
doctrina y otra los métodos que se utilizan para extenderla.
Evidentemente existe una interrelación entre las ideas y la forma de
defenderlas. Resultaría paradójico que se quisiera difundir el pacifismo
utilizando la violencia, pero también es verdad que ideas que en principio son
nobles pueden defenderse utilizando métodos ilegítimos, y no es menos cierto
que ideas que contradicen los valores en los que fundamentamos la democracia
pueden ser defendidas respetando escrupulosamente los procedimientos
democráticos.
Es habitual en los estudios que analizan esta cuestión
distingan entre un nacionalismo cultural (bueno) y otro nacionalismo político
(malo). El primero sería positivo porque ayudaría a la conservación de la
pluralidad cultural. El otro, en cambio, provocaría enfrentamientos y tensión
en la sociedad. Esta dicotomía me parece falsa. Todo nacionalismo es,
necesariamente, político, posea (o no) un Estado. Es, además, mentira que esta
ideología ayude a la pluralidad cultural, ya que sus seguidores lo que persiguen
es la homogeneidad interna. Por eso los nacionalistas se oponen a todo aquello
que creen que no pertenece a la esencia de su mítica nación y luchan contra
toda lengua o cultura que no consideran propia cuando la homogeneidad que tanto
ansían está en peligro.
Esto es algo que también afirma Luis Rodríguez
Abascal: «El
nacionalismo culturalista no defiende la diversidad cultural, sino que propone
un modelo normativo de cultura que homogeneiza prácticas culturales
preexistentes. Tiene dificultades para hacer otra cosa porque su punto de
partida es siempre un concepto abstracto de cultura, que la concibe como una
unidad uniforme u homogénea y la extiende idealmente a lo largo y ancho de un
territorio sin atender a cuáles son las prácticas culturales cotidianas
subyacentes o sin concederles relevancia moral y política» (Las fronteras
del nacionalismo, CEPC, Madrid, 2000, p. 382).
Lluís Flaquer
nos previene contra los peligros de una “nación” entendida a la manera
nacionalista en el caso de Cataluña: «Dos son los peligros que presenta una
concepción esencialista de la nación y de la identidad catalana, que se empeña
en aprehenderlas como entidades ahistóricas, situadas fuera del espacio y del
tiempo, como fenómenos acabados de una vez por todas desde el inicio de nuestra
historia como pueblo. El primero es su mistificación y el segundo su
reificación. La primera, propia de la equiparación de los fenómenos sociales a
nociones de tipo místico o religioso, tiende a comprender la identidad como un
ideal inmutable en su esencia, la comunión con el cual estaría reservada a unos
pocos iniciados o escogidos, guardianes eternos del fuego sagrado. La
reificación, por otra parte, presenta otros problemas. Significa aprehender los
fenómenos humanos como si fueran cosas, es decir, considerar como productos
naturales no sometidos a la acción del hombre todo aquello que él ha
contribuido a crear» (El català, ¿llengua pública o privada?, Empúries,
Barcelona, 1996, pp. 23-24).
Considero, por tanto, que es un error hacer esta distinción entre
nacionalismos buenos (culturales) y malos (políticos). Todos ellos son negativos porque se fundamental en
planteamientos erróneos. Aunque, como es obvio, es infinitamente mejor defender
nuestras ideas, sean éstas las que sean, utilizando métodos democráticos, en
vez de usar la violencia para intentar imponernos a otros.
martes, 1 de mayo de 2012
Naciones y Estados
El nacionalismo cree que hay dos formas de estar en el mundo. Por un
lado, una existencia auténtica en el seno de una “nación”, enraizada, que nos
da una serie de referentes culturales y sentimentales, que nos otorga un papel
claro en la historia y en el mundo. Por otro lado, están los que no viven de
manera plena su pertenencia a un grupo, los que no se sienten partícipes de
ninguna identidad colectiva similar o equiparable a la nacional, los que no
tienen raíces o no son conscientes de ellas. Éstos únicamente pueden vivir una
vida falsa, antinatural, carente de sentido: están condenados a un vacío
espiritual.
Por eso afirmo que el
nacionalismo es más una religión política que una ideología, opinión que es
compartida por Anthony D. Smith: «El nacionalismo es mucho más afín a
una “religión política” que a una ideología política. [...] Es muy evidente la
importancia dada por el nacionalismo a las ceremonias conmemorativas de los
grandes líderes o a los muertos en combate, los “gloriosos caídos” que
sacrificaron sus vidas en aras de la patria. En esos momentos, podemos entender
la nación como una “comunidad sagrada de ciudadanos”, caracterización que
concuerda con la interpretación del nacionalismo como “sustituto de la
religión”» (Nacionalismo, Alianza, Madrid, 2004, p. 52).
Siguiendo
este racionamiento, los nacionalistas postulan la existencia de una realidad
natural, compuesta por “naciones”, y otra realidad artificial que estaría representada
por los Estados. Y la realidad auténtica no sería la representada por los
diferentes Estados, sino la de las “naciones”. Los Estados
únicamente tendrían una auténtica legitimidad si representaran a una “nación”,
y toda “nación” debe tener
su Estado o, al menos todo, todo Estado debe reconocer su realidad
plurinacional. Esta interpretación de la realidad me parece inaceptable, ya que
sustituye la legitimidad democrática por la mística de las naciones.
Tal
como afirma Josep M. Colomer: «En Cataluña (como en el País Vasco), el uso de
la expresión “Estado español” en vez de “España”, por ejemplo, pone de
manifiesto esa insana actitud psicológica de eliminación mental de una realidad
que resulta incómoda y de tratamiento de un conflicto que es “resuelto” por la
vía de negar sus componentes. Lo absurdo de esta terminología salta a la vista
a cualquier observador que no esté habituado. La contraposición entre “nación
catalana” y “Estado español” olvida que la Generalitat de Cataluña es también
Estado, un conjunto de instituciones del Estado español que vertebra y organiza
de manera real, no ilusoria, la “nación” catalana; que es su principal
estructura (Contra los nacionalismos, Anagrama, Barcelona, 1984, pp.
94-95).
Lo
que quieren algunos es eliminar la cosa eliminando su nombre: «En
definitiva, hablar de España o de Estado español significa algo
más que un problema de palabras. En toda esta encrucijada terminológica, se
esconde un enigma de conciencia y de identidades más profundo. [...]
Nacionalistas radicales/independentistas suelen evaporar la expresión “España”
propagando la de “Estado” con fines de programación ideológica; negando el
“nombre” creen así conjurar la realidad» (Francesc Mercadé y otros, Once
tesis sobre la cuestión nacional en España, Anthropos, Barcelona, 1983, pp.
43-44).
Es
fácil saber el número de Estados que existen en el mundo. Las situación de
indeterminación que se producen a este respecto (por ejemplo, en el caso de
Kosovo, que es reconocido por algunos países y por otros no) son poco
habituales. Sin embargo, es imposible saber cuántas “naciones” hay. Para los
nacionalistas españoles sólo hay una “nación” en España, pero para otros nacionalistas
hay otras naciones: todo depende de a quien preguntemos. Esta indeterminación
del concepto de “nación” lo que demuestra es su pobreza conceptual. No deja de
ser una ensoñación metafísica que nos conduce a ninguna parte.
jueves, 26 de abril de 2012
Nacionalismo y partidos políticos en España
Si
nos fijamos en los partidos políticos españoles nos daremos cuenta de la
verdadera dimensión del nacionalismo en España. Nada hay que decir sobre las
organizaciones que abiertamente se declaran nacionalistas (PNV, CIU, ERC, BNG,
CC, AMAIUR y otros). Su vinculación a esta ideología es clara y pública. Aunque
no comparta sus ideas en este asunto, me parece que es de agradecer que no escondan
sus cartas. No obstante, en contra de lo que muchos piensan, el nacionalismo no
empieza y acaba en los partidos que explícitamente asumen esta doctrina.
El
PP está, sin duda, claramente vinculado al nacionalismo español. No la
totalidad de sus dirigentes y militantes, pero sí una parte importante de ellos,
así como la mayoría de sus medios de comunicación afines. ¿Por qué el PP estatal
y su entorno mediático se opone sistemáticamente a cualquier medida destinada a
promocionar las demás lenguas oficiales distintas del castellano? Su oposición
solamente puede entenderse desde el nacionalismo español, desde la creencia en
la superioridad esencial del castellano sobre los demás idiomas cooficiales,
idea camuflada con el concepto de «lengua común».
Es
cierto que el discurso del PP no es igual en todas partes. En Galicia este partido
se ha mostrado mucho más receptivo hacia otras lenguas que, por ejemplo, en
Madrid, la ciudad donde el nacionalismo español es más fuerte. No en vano las
élites del PP en esa comunidad tienen como lengua familiar el gallego. Ese
partido no es nacionalista, pero es evidente que el nacionalismo español es una
de sus fuentes ideológicas principales.
En
el PSOE hay bastantes menos nacionalistas españoles que en el PP. Pero lo que
encontramos son nacionalistas de otras «naciones». Esto es evidente en el caso
del PSC catalán, un partido federado al PSOE donde la mayoría de sus dirigentes
afirman que Cataluña es una «nación» distinta de la española. El PSC sostiene
un discurso identitario que poco difiere del de ERC o CIU. La única diferencia
relevante es que no piden la independencia. Lo mismo sucede en Baleares, la
Comunidad Valencia o en Galicia, aunque con menor intensidad que en el caso
catalán. Una excepción a esto que estoy señalando es el País Vasco. Allí el
discurso del PSOE es más españolista (constitucionalista) que vasquista. En
este partido, por lo tanto, el nacionalismo español carece de la importancia
que tiene en el PP, pero está, sin duda, infectado por otros nacionalismos
periféricos.
¿Y
qué podemos decir de IU? Mi impresión es que en esa organización el
nacionalismo español es prácticamente inexistente. Pero me parece que la
contaminación que sufre de otros nacionalismos es más intensa que la que padece
el PSOE. En el País Vasco Ezker Batua formó parte del frente nacionalista y no
dudó en entrar en un gobierno autonómico con el PNV y EA. Este partido se niega
a pactar con la derecha españolista, es decir, con el PP, pero ha formado parte
de gobiernos presididos por la derecha nacionalista vasca, algo totalmente
contradictorio y que les ha costado muchos votos. En Cataluña, Baleares y en la
Comunidad Valencia IU está totalmente identificada con el catalanismo
nacionalista. Y lo mismo sucede en Galicia con el nacionalismo gallego. Esta
formación política sostiene que España es un Estado plurinacional, que es lo
mismo que piensan los nacionalistas periféricos. Únicamente difieren en que
unos quieren la independencia y otros un Estado federal republicano.
¿Significa esto que todos los partidos
políticos españoles son nacionalistas? Nada más lejos de mi intención decir
eso. Lo que pretendo afirmar es que el nacionalismo es una fuerza más poderosa
de lo que parece a simple vista y que no debemos reservar el adjetivo
«nacionalista» solo para los partidos que abiertamente se definen de esa forma.
sábado, 21 de abril de 2012
Libros para entender el nacionalismo
Si tuviera que
aconsejar a alguien un único libro sobre el nacionalismo le recomendaría Naciones
y nacionalismo (Alianza, Madrid, 2003) de Ernest Gellner. Me parece una
obra de gran profundidad y magníficamente escrita. He de decir que discrepo de
algunas de las ideas básicas que Gellner defiende en este ensayo. No creo que
el nacionalismo sea una realidad ineludible fruto de las modernas sociedades
industriales. Esa presunta necesidad peca de un excesivo mecanicismo histórico.
Sí coincido con él, en cambio, en interpretar esta doctrina política como una
fuerza que busca la homogeneidad interna dentro de su «nación».
El
segundo trabajo que destacaría es Comunidades imaginadas de Benedict
Anderson (FCE, México, 1993). Es un libro más extenso que el de Gellner y más
pesado de leer. Uno de sus defectos para el lector europeo es que el autor se centra
en ejemplos asiáticos que nos quedan demasiado lejanos. A pesar de esto, su
definición de la nación como «una comunidad política imaginada como inherentemente
limitada y soberana» (p. 23) se ha convertido en una de las más citadas. Lo que
más me ha interesado de esta obra es la función del censo, del mapa y del museo
en la creación de una conciencia nacional común. Su lectura es ineludible.
Un libro publicado en dos volúmenes que
me ha sido de gran utilidad es La moral del nacionalismo (Gedisa, Barcelona,
2003), compilado por Robert Mckim y Jeff McMahan. Es una selección de
diferentes trabajos sobre el tema escritos por especialistas en la materia.
Podemos encontrar autores a favor del nacionalismo y en contra. La riqueza de
esta obra radica en la pluralidad y en la calidad de los textos. Los temas que
trata son los siguientes: 1) La naturaleza, fuentes y psicología del
nacionalismo. 2) El nacionalismo y las exigencias de imparcialidad. 3) Nacionalismo,
liberalismo y Estado. 4) La tolerancia entre grupos nacionales. 5) Autodeterminación
nacional, soberanía e intervención. Un defecto que señalaría es que la mayoría
de los autores son de EE. UU. La visión del nacionalismo que se tiene en ese
país y en España o en Latinoamérica es bastante diferente.
Otro autor que no puedo dejar de citar es
Anthony D. Smith. Para empezar en el estudio de esta cuestión su libro Nacionalismo
(Alianza, Madrid, 2004) es muy aconsejable. Es breve, está bien escrito y
explica los conceptos básicos sobre este tema. Otro texto de este mismo
especialista que señalaría es Nacionalismo y modernidad (Istmo, Madrid,
2000), una obra muy completa donde se analizan diferentes teorías sobre esta
ideología. He de decir que tengo profundas divergencias con las ideas de
Anthony D. Smith, especialmente en lo que atañe al origen étnico de las
naciones, algo que no invalida la importante aportación de este estudioso.
Para finalizar quisiera mencionar dos
libros escritos en español. El primero que citaría es Las fronteras del
nacionalismo (CEPC, Madrid, 2000) de Luis Rodríguez Abascal. En mi opinión
es uno de los mejores ensayos donde se aborda esta temática. He aprendido
mucho leyéndolo. Es un trabajo de 550 páginas en el que se analizan los aspectos
centrales del nacionalismo. La gran virtud de este texto es que L. Rodríguez Abascal
desarrolla un análisis racional de gran profundidad y rigor, demostrando, además, un
extenso conocimiento de la bibliografía sobre el tema.
En segundo lugar
señalaría El nacionalismo. Una ideología (Tecnos, Madrid, 2005) de
Alfredo Cruz Prados. Es un trabajo donde se señalan muchas de las carencias del
nacionalismo. En él se hace, también, una acertada crítica al derecho de
autodeterminación defendido por los nacionalistas. He escrito una reseña de este libro publicada en la revista Anuario filosófico (2007) que puede leerse AQUÍ.
martes, 17 de abril de 2012
Entrevista en Radio Campus
Hoy se ha publicado en la página web de Radio Campus de la Universidad de La Laguna una entrevista que formará parte del próximo número de El escéptico digital. Puede leerse AQUÍ.
sábado, 14 de abril de 2012
Nacionalismo y patriotismo
Cuando
comencé a escribir sobre el nacionalismo redacté un capítulo que trataba
sobre las relaciones entre el patriotismo y esta ideología política. Como
sabrán todos aquellos que hayan leído mi libro, esa parte
no fue incluida en el texto definitivo que ha sido publicado. A continuación
explicaré las razones de esa ausencia.
Después
de leer varios ensayos sobre el tema, la distinción entre nacionalismo y
patriotismo me parecía clara, al igual que para muchos otros autores. J. L.
González Quirós, en Una apología del patriotismo (Taurus, Madrid, 2002),
afirma que «apenas puede haber mayor oposición entre dos ideas que la que
existe entre el patriotismo, que es una virtud individual, y el nacionalismo,
que puede considerarse, más bien, como un vicio colectivo, independientemente
de la que patria en que se produzca» (pág. 8).
Esta
opinión es compartida por Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010.
En su discurso de aceptación de este galardón dice que «no hay que confundir el
nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia,
con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno
vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños,
paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten
en hitos de la memoria y escudos contra la soledad».
Dediqué grandes esfuerzos conceptuales
a distinguir el nacionalismo del patriotismo. Me parecía una tarea necesaria para
intentar encauzar de manera civilizada los sentimientos de afecto colectivo que
muchas personas sienten hacia la sociedad en la que viven. El patriotismo
centrado en la defensa de la libertad y de la justicia podía ser una alternativa
viable a la ideología nacionalista, una forma de arrancar de sus garras a todos
aquellos que se sienten especialmente vinculados con su patria. Pero cuanto más
avanzaba en mi trabajo menos claro veía este tema.
El concepto de patria es muy difuso. La
patria es el lugar al que una persona se siente especialmente ligada,
normalmente porque ha vivido toda o gran parte de su vida en él. Para algunos
su patria puede ser su pueblo, su ciudad, un grupo de personas con las que
forma una comunidad que posee unos rasgos comunes, una región, un Estado o toda
la humanidad.
Es
posible también sostener que tu patria no está en este mundo. San Pablo, en su Epístola
a los Filipenses (3, 18-21), afirma que «nosotros, en cambio, tenemos
nuestra ciudad en los cielos, de donde esperamos a nuestro Salvador, el
Señor Jesucristo, el cual transfigurará el cuerpo de nuestra mezquindad para
hacerlo conforme con el cuerpo de su gloria». El «nosotros» se refiere en este
caso a los cristianos y la «ciudad» es, sin duda, equivalente a «patria». Ésta
sólo se alcanzaría en el más allá, lugar donde podremos contemplar a Dios y a
su hijo Jesucristo en su reino sobrenatural.
El concepto de patria, además, no es excluyente y una
misma persona puede tener varias: su pueblo, su región, su Estado, el
continente donde vive o el planeta Tierra. Alguien puede afirmar que su patria
es Barcelona, Cataluña, España, Europa y el mundo entero. Y es igual de
aceptable tener sólo una. Al final hay tantas patrias como personas. Con un
concepto tan subjetivo, tan emocional e íntimo, se hace difícil elaborar un
discurso racional.
El
patriotismo en realidad no deja de ser la expresión de una obviedad: todo el
mundo desea lo mejor para aquellos que aprecia. De la misma forma que la
inmensa mayoría de los padres quieren a sus hijos y están dispuestos a
sacrificarse por ellos mucho más que por un desconocido, las personas queremos
que le vaya bien a la comunidad en la que vivimos. Por supuesto deseamos el
bienestar de la humanidad, pero es habitual que nos preocupe y nos importe más
aquello que tenemos cerca.
Hay
otra razón que me condujo a dejar de lado este asunto. El patriotismo es, en
muchas ocasiones, una de las máscaras bajo las que se esconden los nacionalistas.
Éstos buscan camuflarse con otros nombres y apariencias. Es un
recurso habitual presentar el nacionalismo de Estado como patriotismo, y usar el
calificativo de «nacionalista» de manera peyorativa para señalar a aquellos
nacionalismos que no poseen un Estado, pero que desean tenerlo. Nociones como
la de patriotismo constitucional, tan de moda hace algunos años, no dejan de ser reformulaciones del
nacionalismo español de siempre interesado en presentarse como una fuerza
cívica y democrática frente a los nacionalismos periféricos tribales.
martes, 10 de abril de 2012
Segunda respuesta a Iñaki Urbanibia
Quiero agradecer a Iñaki
Urbanibia su réplica a mi respuesta. Es positivo que dos personas puedan discutir de estos asuntos sin caer en los discursos
crispados que habitualmente vemos en muchos medios de comunicación. Mi libro y
este blog no deja de ser una invitación a una reflexión pausada (no por ello
exenta de pasión) sobre este tema. No busco contribuir a un enfrentamiento que
no nos conduce a ninguna parte.
Este autor señala que
mi libro no entra en la historia del nacionalismo, en concreto se refiere a “las
tropelías acumuladas a lo largo de cuando menos los años del franquismo”. Es
cierto que si consideramos en conjunto los nacionalismos españoles, no sólo
teniendo en cuenta el franquismo, sino analizando un periodo más amplio, el
nacionalismo español ha sido el peor de todos. Esto es así porque los
nacionalismos de Estado siempre suelen ser más tóxicos que los periféricos,
porque disponen de una máquina represora del que los otros carecen. Es verdad
que durante el franquismo el nacionalismo español llegó a unas cotas de represión
contra otras lenguas y culturas pocas veces vistas en nuestra historia. Eso es
algo que lamento y que condeno de la misma forma que rechazo cualquier régimen
totalitario, de la naturaleza que sea, incluido el comunismo. También es cierto
que esa represión franquista ha alimentado a los otros nacionalismos periféricos.
Pero, sinceramente, no veo la utilidad de escribir un libro donde se relaten
los agravios de unos contra otros. Existen muchos ensayos que analizan esa cuestión
y que documentan muy bien todos esos excesos. El tema del que se trata en mi ensayo
es más profundo y, si se quiere, más radical (en el sentido de que se va a la
raíz del asunto). La pregunta que me hago es si el nacionalismo es verdadero o
falso, si es bueno o malo, si es mejor defenderlo o rechazarlo. La respuesta a
la que llego es negativa. Y los excesos franquistas lo que hacen es darme la
razón, ya que muestran de manera clara las maldades en las que nos puede hacer
caer esta ideología. Que el franquismo haya sido malo con los nacionalismos
periféricos no convierte a esos nacionalismos en más verdaderos, sino que
evidencia de manera más clara el fracaso de esa ideología política.
Urbanibia también
afirma que “si usted no entra en la dialéctica «España/nacionalidades
oprimidas» veo un problemilla: usted se mueve entonces
por las nebulosas del hiper-ouranós
platónico y no por el asqueroso mundo real”. No creo que mi libro se quede en
una reflexión abstracta, sino que me meto en temas polémicos, como el de la política
lingüística catalana. En su último capítulo, donde trato del nacionalismo
español, hago un análisis del mundo real y no me limito a una elucubración
filosófica. Allí denuncio la existencia de un nacionalismo español contemporáneo,
algo que a muchos les cuesta entender. Critico el nombre “Estado español” y la idea
de “nación de naciones”. Entro, además, en un análisis-refutación de las ideas
de Gustavo Bueno. Todos estos temas pueden encontrarse en cualquier periódico
que abramos por la mañana, en lo que Urbanibia llama el “asqueroso mundo real”.
Este autor también
afirma lo siguiente: “Cierto crujido brota a la hora de conceder mayor entidad
ontológica y epistemológica al Estado que a las supuestas nacionalidades”. No
voy a repetir aquí lo que digo en El nacionalismo ¡vaya timo! Lo que sí
sé es que el Reino de España, la República de Francia o la República Popular de
China son Estados. Lo que no sé es cuántas “naciones” (entendidas a la manera
nacionalista) hay en España. Porque según algunos hay tres, ocho o veinticinco.
Es evidente que a la hora de delimitar conceptos la idea de “Estado” está mucho
más clara que la de “nación”, que nos hace deslizarnos por una ponzoña conceptual
que dice muy poco de esta noción central para el nacionalismo.
En su tercera crítica señala que “usted sabe bien que habitualmente quienes combaten con
fogosidad el nacionalismo (catalán, vasco…) muestran un nacionalismo de facto
mucho más fuerte y jacobino”. Eso que dice es cierto, pero esa es una crítica,
que como el propio Iñaki Urbanibia señala, no se me puede achacar. Aquí es
donde pienso que radica la fuerza de mi argumentación, en su radicalidad, en su
rechazo frontal a TODO nacionalismo. Si hubiera empezado a decir que hay unos
nacionalismos buenos (de Estado) y otros malos (los que no tienen Estado),
entonces todo mi discurso se hubiera derrumbado como un castillo de naipes.
Dice este autor que él
se posiciona a favor del “«oprimido», por aquel que deja abierta las puertas a un
futuro no consolidado y que también da muestras de más furia reivindicativa”. Vaya
por delante que lamento que nadie sea oprimido por sus ideas o por hablar una
lengua determinada, o por tener una cultura o una identidad personal distinta, algo
que rechazo totalmente. Sobre esto diré lo siguiente: que alguien sea oprimido
no significa que tenga razón. Que un nacionalismo de Estado reprima a un
nacionalismo sin Estado no justifica o da la razón a los reprimidos. El
nacionalismo es un error, lo defienda quien lo defienda. Por supuesto hay
nacionalismos más tóxicos que otros. Por ejemplo, el serbio ha sido, sin duda,
peor que el gallego.
En su cuarta objeción,
Iñaki Urbanibia señala que los sentimientos de pertenencia “juegan un papel
esencial entre los humanos ya que los aspectos afectivos pesan tanto en los
aspectos lingüísticos como sociales, morales”. En eso tiene razón. Cada uno se
siente como quiere. No es malo que alguien se sienta vinculado a una lengua, a
una región o a una comunidad determinada, tenga o no un Estado propio. El
problema es la ideología que se aprovecha de esos sentimientos de pertenencia
para provocar el enfrentamiento entre las personas. Estos sentimientos son respetables,
lo que rechazo es la ideología que los utiliza.
Finalmente este autor afirma
“que el dar por bueno el actual estado de cosas, España como realidad
uninacional y estatal supone aminorar o negar, al tiempo que entonar el «¡viva
España!» frente a los posibles visca
o gora”. Creo que en ningún momento he caído en dar por buena la actual situación
de España como Estado. Lo que señalo es la dificultad de cambiar el actual
marco constitucional. Algo imposible de hacer sin un acuerdo entre todas las
partes en conflicto. España, al igual que cualquier otro Estado, no deja de ser
un invento, una forma colectiva de convivencia. Algún día, de aquí a mucho,
mucho tiempo, quizás los actuales Estados dejen de existir o simplemente sean
divisiones administrativas de unidades políticas mayores. Eso es algo que nadie
puede prever. Lo importante es la voluntad democrática de los ciudadanos. El
Estado es sólo un instrumento para vehicular esa voluntad.
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