Roberto Augusto

domingo, 3 de junio de 2012

El tweet de hoy



sábado, 2 de junio de 2012

El tweet de hoy



viernes, 1 de junio de 2012

El machismo del poder




Me ha llamado la atención una foto que he visto hace unos días protagonizada por el Rey y los presidentes de las empresas españolas más importantes. Entre esos empresarios no había ni una sola mujer. El poder económico, en sus más altas instancias, es cosa de hombres. Es cierto que esos señores, ya de avanzada edad, reflejan la sociología de una España muy diferente a la actual, donde la mujer debía ser una esposa sumisa dedicada en exclusiva a su marido y a sus hijos. Seguramente dentro de treinta o cuarenta años una foto así será muy distinta, aunque quizás menos de lo que nos gustaría, ya que el poder tiene una tendencia natural a reproducirse de forma mimética: los hombres suelen elegir hombres para los puestos de más responsabilidad.
No creo que debamos esperar tanto tiempo para solucionar esta injusta situación de discriminación de la mujer. Una medida que contribuiría a ello podría ser obligar a tener un 50% de mujeres en los consejos de administración de las grandes empresas. Sería, además, deseable que la mitad de los senadores y diputados, tanto estatales como autonómicos, también fueran mujeres. Para conseguirlo se podría exigir que en las listas electorales se alternen un hombre y una mujer sucesivamente, algo que ya sucede en Andalucía. Así se evitaría que ellas quedaran relegadas a las partes bajas de las listas, lo que les otorga menos probabilidades de ser elegidas.
Los que se suelen oponer a medidas de este tipo alegan que el que vale, vale, sea hombre o mujer. Y que si hay hombres en los principales puestos de poder de la sociedad es porque se lo merecen más que ellas. Esto es rotundamente falso. Esa apelación a una ficticia meritocracia lo único que pretende es justificar desigualdades sociales muy arraigadas en nuestra cultura. El problema está en que en la actualidad las mujeres muchas veces únicamente pueden acceder a esas altas responsabilidades siendo la “mujer de” o la “hija de” algún hombre poderoso.
El Estado tiene no sólo el derecho, sino el deber de intentar acabar con ese machismo del poder. Los que apelan a la independencia de las empresas privadas no deberían olvidar que, tal como dice la Constitución, toda la riqueza nacional está al servicio del interés general. Lograr la plena igualdad entre hombres y mujeres contribuye al bienestar de toda la sociedad. Es un objetivo por el que hay que luchar.  

El tweet de hoy



jueves, 31 de mayo de 2012

El tweet de hoy





miércoles, 30 de mayo de 2012

La degradación de la educación pública




Los presupuestos de un gobierno marcan su orden de prioridades. Pero en los tiempos actuales eso ya ha dejado de ser así. Son los recortes los que muestran la escala de valores de nuestros dirigentes. El tijeretazo aprobado recientemente por el PP en materia educativa supone un ataque nunca visto en nuestra democracia contra el Estado del bienestar. El Gobierno prefiere masificar las aulas, despedir profesores y subir las tasas universitarias mientras se dedica a inyectar miles de millones de euros en bancos arruinados por culpa de su especulación inmobiliaria. La educación, en cambio, es algo tan secundario que puede ser recortado sin pestañear.
Detrás de toda esta operación lo que se esconde es el intento de degradación de los servicios públicos. Y el objetivo final es su privatización a través, por ejemplo, de la fórmula del cheque escolar. Primero se recorta el dinero destinado a la sanidad y a la educación, y luego se afirma que hay que ponerlas en manos de empresas privadas porque no funcionan.
El modelo social defendido por el PP se basa en la desigualdad. En una clase media cada vez más empobrecida y en unas élites dirigentes ricas y poderosas. Los funcionarios y los sindicalistas son un obstáculo en su proyecto destinado a hacer más fuertes a las grandes empresas. Por eso se intenta desprestigiar a los representantes de los trabajadores y a los empleados públicos, para quitarse de en medio algo que les estorba.
Cuando empiece el próximo curso escolar vamos a tener que sufrir aulas abarrotadas con treinta y cinco o cuarenta alumnos, donde será casi imposible generar un buen ambiente de trabajo. Y se acabará con los desdobles en las asignaturas más importantes. Todo ello provocará inevitablemente una degradación de nuestro sistema educativo que pagarán nuestros hijos y, por extensión, toda la sociedad.
Una educación pública de calidad es fundamental para lograr una sociedad más justa y próspera. Es mentira que estas medidas son inevitables. Es posible recortar de muchas otras partidas o aumentar la recaudación a través de la creación de nuevos impuestos. Por ejemplo, se podría hacer pagar el IBI a la Iglesia católica, la segunda mayor propietaria de inmuebles de España. Pero eso iría en contra de su ideología.

Punto y aparte



Después de algunos meses hablando del nacionalismo he decidido dar un giro a este blog y desarrollar más temas centrados en la actualidad política y social. Quiero poner una entrada diaria llamada “El tweet de hoy” donde elegiré uno de los que suelo poner en Twitter. Seguiré hablando del nacionalismo y de las noticias que pueda generar el libro, pero como un tema más entre muchos otros. Hay vida inteligente más allá del nacionalismo. Espero que os interese este nuevo enfoque. Un saludo a todos.

El tweet de hoy


Un nacionalismo en el armario




Este pasado domingo no he podido resistir la tentación de comprar ABC. Como todo el mundo sabe, este periódico es conservador y monárquico y yo no soy ni conservador ni monárquico, sino, más bien, todo lo contrario. En mi opinión este medio es tan nacionalista como Avui, aunque esto pueda sorprender o molestar a algunos. A pesar de todo el titular prometía: “Los 15 falsos mitos del nacionalismo excluyente”. Me parece un reportaje digno de análisis que nos puede decir mucho sobre la forma cómo ciertos medios tratan el tema del nacionalismo. El subtítulo es este: “La máquina de fantasear del soberanismo ha producido monstruos que ABC desmonta hoy”. Lo que pretendo desmontar son algunos de los falsos prejuicios sobre los que se basa este reportaje.
         Empecemos por el editorial titulado “Entre el victimismo y la letanía”. En él se afirma que “el nacionalismo es una ideología frustrante, porque genera procedimientos ideológicos para que las culpas sean siempre ajenas, al mismo tiempo que se marca objetivos irrealizables”. Aquí se dicen dos cosas distintas. En primer lugar, se habla del victimismo nacionalista, algo que me parece acertado y que también denuncio en El nacionalismo ¡vaya timo! (págs. 81-83). Los nacionalistas tienen una excusa perfecta para no asumir la responsabilidad de sus actos echándole la culpa de todo a la “nación” rival que quiere destruirlos o someterlos.
Lo de los “objetivos irrealizables” me parece más cuestionable. Supongo que se refiere a la independencia de España, algo muy difícil en la situación actual. Pero que algo sea complicado de conseguir no implica que no debamos seguir luchando por ello. Personalmente me gustaría que hubiera una república en España. Sin embargo, es evidente que este objetivo es hoy casi “irrealizable” (aunque cada vez parece más factible). No por eso voy a dejar de seguir defendiendo aquello en lo que creo. Muchas cosas que en principio parecían imposibles se han acabado logrando.
En el editorial, además, se sostiene que el nacionalismo se basa en “mitos exentos de someterse al examen del rigor histórico”. Es una afirmación correcta, pero esto no sólo sucede con los nacionalismos periféricos españoles, sino también con los Estados consolidados. Muchos de los mitos del nacionalismo español son falsos, tanto como los mitos de otros nacionalismos españoles. Pero de eso ABC no quiere saber nada. Sí coincido con este editorial cuando afirma que el nacionalismo “es, por definición, irracional”. Tan irracional, por cierto, como la religión que tanto defiende este medio. Pero eso dejémoslo para otra ocasión.
El primer artículo está firmado por Jon Juaristi y tiene el apocalíptico título de “La máquina imparable del delirio”. Allí este autor nos alerta de la capacidad fabuladora del nacionalismo. Recuerda que esta ideología, en su origen, estaba vinculada al racismo, algo que es cierto en muchos nacionalismos, impregnados por la teorías racistas del siglo XIX que ya sabemos a donde nos llevaron. Señala Juaristi acertadamente que “no fue el racismo patrimonio de los nacionalistas periféricos”, ya que este fue defendido también por el franquista Giménez Caballero. Otro aspecto que se señala en este artículo, y que menciono también en mi ensayo, es que “los mitos nacionalistas son cuentos de buenos y malos”, donde siempre el lugar del bueno lo ocupa mi “nación”. Así es el absurdo maniqueísmo nacionalista. Los míos siempre tienen razón. Sin entrar a valorar las referencias históricas que hay en el artículo de Juaristi (no soy historiador ni pretendo serlo) he de decir que me parece un texto notable.
El siguiente análisis trata sobre el nacionalismo vasco y es obra de Pablo Ojer. Ya que se dedica a desmontar mitos de la historia nacionalista no voy a entrar en él. Ese es un tema de historiadores. Mi reflexión pretende ser estrictamente filosófica, aunque me parece bien que se denuncie la manipulación nacionalista de la historia, una de las especialidades predilectas de los nacionalistas de todo pelaje y condición.
En segundo lugar, ABC se centra en desmontar el nacionalismo catalán. María Jesús Cañizares intenta mostrar la falsedad del mito de Rafael Casanovas y el tan recurrente asunto de las balanzas fiscales. Por su parte Miquel Porta se centra en “mitos y tópicos del nacionalismo catalán”, incurriendo, a mi juicio, en muchos de los tópicos en los que caen los que se dedican a criticar a los nacionalismos periféricos españoles. Este periodista dice que “el nacionalismo catalán inventa la nación catalana”. Lo mismo podría decirse del español, del alemán o del chino. Todo nacionalismo inventa una idea de nación que poco o nada tiene que ver con la realidad. Y esa ficción es igual de falsa en el caso de que se posea un Estado o no que respalde esa idea de “nación” creada por el nacionalismo. No hay nacionalismos verdaderos (con Estado) y nacionalismos ficticios (sin Estado). Todos son igual de falsos porque tergiversan la realidad. Miquel Porta sostiene que “en Cataluña nada es propio y todo ―identidad, historia, lengua, cultura, voluntad mayoritaria de ser― es compartido en el seno de la nación española”. Creo no equivocarme si afirmo que la “nación” de la que habla el señor Porta nada tiene que ver con el Estado, sino que se refiere a ese concepto mítico de “nación” que tanto gusta a los nacionalistas. La contradicción me parece evidente.
El tercer y último nacionalismo tratado es el gallego. En la página 116 de El nacionalismo ¡vaya timo! afirmo que una de las características del nacionalismo español contemporáneo es (número 6) “la acusación de que en las autonomías, en algunos casos, se educa a los jóvenes en el odio hacia España y en la negación de una historia y una cultura común”. Alfonso de la Vega nos ofrece un magnífico ejemplo de esto cuando dice que “el adoctrinamiento lejos del contraste y búsqueda científica del conocimiento que sufren muchos educandos en Galicia alienta la separación de la juventud de su legítimo sentimiento de pertenecer a una gran Cultura como es la española”. El nacionalismo que se puede deducir de la afirmación de este autor no necesita mayor comentario.
Finaliza el reportaje de ABC con un artículo del conocido (al menos en Cataluña) periodista Juan Carlos Girauta. En él se apuntan algunas cosas interesantes, como una referencia a Renan o a Gellner. Girauta también critica la idea de que todo el mundo es nacionalista, una de las muchas falsedades en las que caen los seguidores de esa ideología. Lamentablemente se pierde en asuntos menores como abucheos en un partido de fútbol y cosas por el estilo que no me interesan nada.
         Pero lo más importante de esta serie de artículos no es lo que se dice en ellos, sino lo que no se dice. ¿Cómo es posible hablar del nacionalismo en España y no mencionar al nacionalismo más importante que ha habido en nuestra historia, es decir, al nacionalismo español? Un nacionalismo que era una de las fuentes ideológicas más importantes del Franquismo y que ha condicionado de manera decisiva la historia de España en el siglo XX. ABC no critica al nacionalismo, sino a unos nacionalismos concretos que no se adaptan a su idea de lo que debe ser España. Todo este reportaje nos ofrece una prueba clara y distinta, como diría Descartes, de la característica principal del nacionalismo español que señalo en mi ensayo: “La negación de su propia existencia. El término ‘nacionalista’ es usado sólo de manera peyorativa para referirse a los nacionalismos llamados periféricos” (pág. 116). El nacionalismo español está en el armario y se niega a salir de él. Es un tema tabú hablar de ese asunto y los que lo hacen deben asumir las consecuencias. Mi denuncia de ese nacionalismo es, sin duda, una de las causas del silencio mediático que ha rodeado al libro. De lo que no se habla no existe. Nadie quiere enfrentarse a sus propias contradicciones. Nunca podremos dejar atrás esta ideología si no somos capaces de aceptar su verdadera dimensión en España. Algunos viven muy cómodos enquistados en su propio nacionalismo despreciando el de los demás. La solución de este conflicto sólo se alcanzará derrotando a la ideología que lo genera.


domingo, 27 de mayo de 2012

El mito de la persecución del castellano en Cataluña


Llevo unos diez años en Cataluña y nunca, en todo este tiempo, me he sentido perseguido o discriminado por hablar habitualmente en castellano. En muchas ocasiones he dirigido escritos a la administración autonómica en español y todas mis peticiones han sido atendidas sin ningún problema. Durante casi cuatro años he sido becario predoctoral en la Universidad de Barcelona gracias a una beca de la Generalitat que me fue concedida para hacer una tesis doctoral de Filosofía en castellano. Hablar de una persecución lingüística del español en Cataluña es un completo disparate. ¿Cómo se puede decir algo así cuando el castellano es oficial y es la lengua más usada en los medios de comunicación? La fuerza del español en Cataluña es enorme, algo que se ha fortalecido en los últimos años con la llegada de inmigrantes de otros lugares, muchos de ellos procedentes de Hispanoamérica.
         Todos los alumnos salen de la escuela pública en Cataluña conociendo el castellano. Esto no puede decirse del catalán, a pesar de la tan criticada inmersión. En muchos sitios de Barcelona y de su área metropolitana el castellano es la lengua mayoritaria. En esos contextos sociales donde el español es hegemónico el modelo de inmersión logra que estos alumnos puedan salir del instituto conociendo bastante bien la lengua catalana. El gran problema educativo en Cataluña, y en el resto de España, es el bajo nivel de conocimientos, no la lengua en la que se imparte la enseñanza.
         Es indignante muchas de las cosas que se dicen sobre este tema. Algunos afirman que en Cataluña se obliga a los niños a hablar catalán en el patio. Eso es sencillamente falso. Los alumnos hablan lo que les da la gana, así ha sido siempre y nadie lo va cambiar. Para justificar este disparate los que lo dicen se basan en un informe hecho por algún funcionario nacionalista de la Generalitat que decía que el catalán debía conquistar el patio. La realidad es que jamás se ha tomado ninguna medida en esa dirección y que ese informe no deja de ser la expresión de un deseo insatisfecho. Ese tipo de proceder es habitual entre algunos de los críticos de la política lingüística catalana. Cogen algún hecho anecdótico o un informe al que nadie ha prestado atención y lo elevan a categoría general.
         Otra de las falsedades que suele decirse es que en Cataluña se adoctrina a los jóvenes en la escuela en el nacionalismo. Esta acusación me molesta y me ofende profundamente. ¿Los profesores de castellano que damos clases en esta comunidad también somos adoctrinadores al servicio del nacionalismo catalán? Es un insulto a todos los profesionales que hacemos nuestro trabajo educativo lo mejor que sabemos, muchas veces en condiciones muy difíciles, soportando violencia escolar, falta de apoyo de las familias y de la administración. Los profesores catalanes nos dedicamos a impartir nuestras materias lo mejor que sabemos.
Se exagera, además, nuestra influencia sobre los alumnos. Si fuéramos capaces de adoctrinarlos eso significaría que tenemos la posibilidad de influir de manera decisiva en sus mentes, algo que no pasa en la realidad. Con conseguir que sigan la asignatura y hagan los deberes (una misión casi imposible) ya tenemos bastante para estar metiéndonos en asuntos ideológicos. Los estudiantes y sus familias no permitirían que se les impartiera doctrina política. Si algún profesor lo intentara seguramente se encontraría con la oposición de muchos de sus alumnos. Eso no significa que alguien, por su cuenta y riesgo, declare en clase sus ideas nacionalistas, pero de ahí a adoctrinar hay un gran trecho. Acusar a la administración catalana y a los profesionales que trabajamos en Cataluña de adoctrinar es falsear la realidad.
         Otra cosa que considero obscena es comparar la actual política lingüística catalana con la realizada durante el Franquismo. Recuerdo, por ejemplo, un famoso titular de ABC donde se decía, refiriéndose a este asunto: “Igual que Franco, pero al revés”. El castellano actualmente es oficial en Cataluña y su estatus está garantizado por la Constitución. Durante el Franquismo, en cambio, las demás lenguas no eran oficiales y su uso en muchos ámbitos era reprimido. Además, comparar las decisiones que se toman en Cataluña, donde existe una democracia consolidada, con las de un régimen dictatorial me parece absurdo.
         Uno de los problemas al tratar este asunto es que no se distinguen tres niveles distintos. Una cosa es el nacionalismo catalán, otra la política lingüística catalana y otra la inmersión lingüística. Son tres elementos distintos, aunque estén relacionados entre sí. Es evidente que rechazo el nacionalismo, motivo por el cual critico que esta política lingüística se justifique apelando a ideas nacionalistas como la de lengua propia, que analizo en mi libro. La política lingüística catalana me parece, en líneas generales, correcta. El único aspecto con el que discrepo es con el hecho de multar a alguien que tiene un negocio por usar sólo el castellano (ya sé que se multa no porque esté en español, sino porque no esté al menos en catalán). Esa medida contribuye al mito de la persecución lingüística en Cataluña. La inmersión lingüística en catalán en la enseñanza no universitaria es aceptable, como lo sería otro modelo si gozara del apoyo mayoritario de la población, algo que hoy no sucede.
         Después de leer y de pensar mucho sobre este tema he llegado a la conclusión de que enfrentarse a la inmersión lo único que hace es fortalecer al nacionalismo. Esta ideología se siente muy cómoda en el discurso de la confrontación. Gracias a esos ataques los nacionalistas pueden envolverse con la bandera de la lengua y postularse como los verdaderos defensores de la lengua catalana. Esto que estoy diciendo aquí sigue la línea de una idea que desarrollo en el libro y que ha pasado desapercibida. Me refiero al concepto de desnaturalización. Si la gente siente que su lengua no está amenazada o en peligro tenderá menos a asumir unas ideas nacionalistas que se basan en el victimismo lingüístico. Si asumimos la defensa de las lenguas minoritarias como algo positivo para todos los españoles esto contribuirá a desactivar el discurso nacionalista periférico.
El futuro de España no está en una unidad basada en la homogeneidad. La idea de un Estado, una lengua, una identidad es algo que está condenado al fracaso en un país tan plural como el nuestro. Ese proyecto ya fue impulsado por el Franquismo y ni siquiera un Estado dictatorial logró implementarlo. El futuro de España pasa por la unidad en la diferencia, en la asunción de nuestra diversidad cultural y lingüística como un hecho positivo, no como un motivo más para el enfrentamiento.

 

miércoles, 23 de mayo de 2012

Entrevista en La Voz de Barcelona



Hoy se ha publicado una entrevista en el periódico digital La Voz de Barcelona que puede leerse AQUÍ. También se ha publicado en Periodista digital. Agradezco a Daniel Tercero esta interesante entrevista.

jueves, 17 de mayo de 2012

El derecho democrático a la inmersión. Respuesta a Fernando Savater


Respuesta al artículo “Auscultando nacionalismos” publicado en El País el 08-05-2012.

Con toda seguridad Savater y un servidor coincidimos en nuestro rechazo al nacionalismo, pero hay algo en lo que discrepamos de manera clara: me refiero al espinoso asunto de la lengua, en concreto a la inmersión lingüística en catalán practicada en Cataluña. El autor de Ética para Amador afirma que no analizo el sistema de inmersión en catalán en lo que “supone de conculcación intimidatoria de un derecho ciudadano que no puede ser suspendido por la decisión de una comunidad autónoma”.
En mi opinión, si el pueblo de Cataluña ha decidido a través de sus instituciones democráticas que quiere un sistema de inmersión en catalán esa es una decisión que hay que respetar. De la misma forma, si hay personas, asociaciones o partidos políticos, por muy minoritarios que sean, que prefieren otro modelo tienen el derecho a defender esas ideas sin ser criminalizados, insultados o ser considerados enemigos de Cataluña. En España nos queda un gran camino por recorrer en el respeto a las opiniones ajenas. Estoy seguro de que Fernando Savater estará de acuerdo con esto.
No entiendo por qué este autor dice que una comunidad autónoma no puede decidir sobre su sistema educativo si tiene la competencia para hacerlo. ¿Es legítimo que el parlamento de Francia decida que el francés sea la única lengua vehicular en la enseñanza, pero no es legítimo que el parlamento de Cataluña decida lo mismo en relación al catalán? Y me hago otra pregunta más: ¿estaría en contra de la inmersión Savater si el idioma vehicular fuera el castellano? La posibilidad (o no) de elección de la lengua es una decisión que debe tomarse a través de un parlamento democrático. Además, esa opción es moralmente legítima porque no conculca el derecho básico a la educación.
En Cataluña la convivencia lingüística es buena. El castellano no está perseguido ni en peligro. Todos los jóvenes catalanes acaban la ESO hablando español (algo que no se puede decir del catalán). La lengua de Cervantes goza de una excelente salud y su potencia social es tan grande que, a pesar de la tan criticada inmersión, está muy presente en la sociedad catalana, especialmente en Barcelona y en su área metropolitana, que es donde vive la mayor parte de la población. El oponerse a la inmersión no es una forma de defender la unidad de España, sino de ponerla en peligro, ya que lo que provoca es un mayor auge del independentismo. No tenemos que rasgarnos las vestiduras porque los jóvenes catalanes estudien en una lengua española llamada catalán.
Savater, con razón, afirma que “es una falacia insostenible” “decretar que son igualmente nacionalistas tanto los partidarios de que se pueda elegir la lengua vehicular educativa como los que imponen la inmersión”. Que yo sepa nunca he dicho eso. Se puede estar a favor (como es mi caso) o en contra de la inmersión sin ser partidario de algún nacionalismo. De hecho en mi ensayo critico la idea de que “todo el mundo es nacionalista”, algo que es falso. Esta ideología política es relativamente nueva en la historia, aunque sus partidarios quieran convencernos de lo contrario.
Otro punto en el que este autor no coincide conmigo es en mi crítica a Gustavo Bueno, es decir, en mi análisis del nacionalismo español: “Que no sé si es tan políticamente relevante en la España actual de los separatismos surtidos como para merecer tan preferente tratamiento”. El nacionalismo más importante (y el más violento) que ha habido en la historia de España es el español. En general los nacionalismos de Estado son siempre peores que los que no poseen un Estado, ya que carecen de toda la maquinaria represiva estatal. Ya existen multitud de obras que denuncian los excesos de los nacionalistas periféricos. No he querido que mi libro sea más de lo mismo. Por eso me ha parecido conveniente denunciar la existencia de un nacionalismo españolista contemporáneo que considero relevante. Mi rechazo del nacionalismo es total, sea catalán, español o de cualquier otra parte.

martes, 15 de mayo de 2012

La polémica entre Moulines y Arteta


C. U. Moulines, en su Manifiesto nacionalista, distingue entre el negacionismo y el contranacionalismo. Los primeros sostienen que «no existe ninguna entidad real que pueda considerarse el referente del término “nación tal-o-cual”, a menos que entendamos por tal simplemente un Estado soberano» (pág. 27). El contranacionalismo no niega la existencia de naciones, «pero las considera realidades nefastas» (pág. 30). Lo que Moulines llama «contranacionalismo» es lo que yo llamo «antinacionalismo inconsecuente», expresión con la que describo a alguien que se opone de manera radical al nacionalismo, pero que acepta el concepto de «nación» defendido por los seguidores de esta ideología.
         No quiero extenderme en este asunto. En el capítulo 1 de mi libro analizo el concepto de «nación» y llego a la conclusión de que debe ser abandonado o usado únicamente como sinónimo de Estado sin ninguna connotación nacionalista. Los intentos de C. U. Moulines de fundamentar la «nación» en el etnicismo me parecen también condenados al fracaso. 
         En todo el discurso de este autor subyace una profunda contradicción. Si el programa nacionalista es válido y todas las «naciones» tienen derecho a sobrevivir, esto nos conduce a un conflicto permanente, ya que muchas de ellas se superponen las unas a las otras y reclaman para sí el mismo territorio.
Esto es evidente en el caso español. Los nacionalistas españoles consideran una parte esencial de España todos sus territorios, incluidos Cataluña y el País Vasco. Para ellos desprender a España de una de sus partes sería como aceptar cortarse una mano o un pie. Los nacionalistas de estas comunidades, por su parte, reclaman como propio ese territorio que también desea el nacionalismo español. Esto provoca un enfrentamiento irresoluble porque las aspiraciones de las diferentes «naciones» son contradictorias e irrenunciables.
         Otro aspecto que este filósofo no señala es que todo nacionalismo, en menor o menor medida, posea o no un Estado que respalde sus aspiraciones, es hegemonista. Lo es internamente ya que siempre buscará que todos los que forman parte de su mítica «nación» asuman la cultura y la identidad que ellos defienden, convirtiéndose en enemigos de la pluralidad que Moulines dice defender.
         En su primer artículo Aurelio Arteta hace, a mi juicio, una crítica acertada de las evidentes debilidades del Manifiesto nacionalista. Señala, entre otros aspectos, que «el contraste entre la homogénea nación ideal y la heterogénea nación real incita al nacionalismo a resolverlo a base de excluir de la auténtica comunidad nacional a los desprovistos de los rasgos adecuados» (pág. 224).
Aunque estoy más cerca de las tesis de Arteta que de las de Moulines, lamento el enfado que se percibe en la réplica del primero (por ejemplo, cuando dice que las tesis de su oponente son «disparatadas y por ello indignas no ya de un ilustre pensador, sino de un ciudadano dotado de alguna conciencia crítica» [págs. 219-229]). Probablemente con una mayor frialdad analítica el discurso hubiera sido más convincente.
         Hay dos puntos en los que discrepo de Arteta. El primero de ellos es en la percepción del grado de maldad del nacionalismo. Según mi interpretación este autor es antinacionalista. Yo, en cambio, prefiero definirme como no nacionalista. Nunca habría dicho, como hace Aurelia Arteta refiriéndose a los seguidores de esta ideología, que hay que «curar a los pacientes de tal ilusión o reprimirla […] a través de los cauces de un Estado de Derecho» (pág. 221).
El segundo tema en el que no coincido con este autor es en el uso del término «nación» en un sentido nacionalista, que Arteta parece aceptar: «La España de hoy, un Estado multinacional y, por el grado de autonomía de que gozan sus etnias, de hecho cuasi federal, sabe mucho de esto» (pág. 226). En su segunda réplica Arteta, además, dice lo siguiente: «España se ha construido en el tiempo por integración de naciones de origen y, en ese sentido, es una realidad multinacional; […] acepto que pueda hablarse de “Nación española” o, como a menudo se la ha llamado, de “una nación de naciones”» (pág. 210). No creo que España sea un Estado multinacional. Lo que creo es que España es un Estado en el que en algunas de sus comunidades (Cataluña y el País Vasco) existen movimientos nacionalistas relevantes que no han conseguido el grado de hegemonía suficiente dentro de sus territorios para lograr un Estado propio. Esto es lo que me lleva a aplicar el adjetivo de «inconsecuente» al pensamiento de Arteta. Este filósofo rechaza el nacionalismo, pero acepta su concepto de «nación», algo que me parece contradictorio.

Los artículos en los que se desarrolla este intercambio de opiniones son los siguientes:
v     «Manifiesto nacionalista (o hasta separatista, si me apuran)», de C. Ulises Moulines (Isegoría, 24 [2001]).
v     «Un nacionalista en apuros (El inconsciente separatismo de Ulises Moulines)», de Aurelio Arteta (Isegoría, 26 [2002]).
v     «Crispaciones hispánicas (Reflexiones en torno a la terapia antinacionalista de Aurelio Arteta)», de C. Ulises Moulines (Isegoría, 28 [2003]).
v     «Descaro del nacionalismo académico (O las muchas malicias de Ulises Moulines)», de Aurelio Arteta (Isegoría, 28 [2003]).
v     «Carta abierta a los Directores de Isegoría», de C. Ulises Moulines (Isegoría, 29 [2003]).


martes, 8 de mayo de 2012

Artículo de Savater en El País



Hoy se ha publicado un artículo en El País sobre mi libro escrito por Fernando Savater. Agradezco a su autor su atención y escribiré próximamente una respuesta. El artículo puede leerse AQUÍ.

domingo, 6 de mayo de 2012

Todo nacionalismo es malo


Algunos pueden sentirse tentados en diferenciar entre un nacionalismo bueno y uno malo. El primero sería aquel que defiende sus ideas democráticamente. El segundo lucharía por la consecución de sus objetivos utilizando métodos violentos. No obstante, hay que diferenciar entre los procedimientos que se utilizan para defender una ideología y la ideología misma. Una cosa es la verdad o falsedad de los preceptos en los que se basa una doctrina y otra los métodos que se utilizan para extenderla.
Evidentemente existe una interrelación entre las ideas y la forma de defenderlas. Resultaría paradójico que se quisiera difundir el pacifismo utilizando la violencia, pero también es verdad que ideas que en principio son nobles pueden defenderse utilizando métodos ilegítimos, y no es menos cierto que ideas que contradicen los valores en los que fundamentamos la democracia pueden ser defendidas respetando escrupulosamente los procedimientos democráticos.
Es habitual en los estudios que analizan esta cuestión distingan entre un nacionalismo cultural (bueno) y otro nacionalismo político (malo). El primero sería positivo porque ayudaría a la conservación de la pluralidad cultural. El otro, en cambio, provocaría enfrentamientos y tensión en la sociedad. Esta dicotomía me parece falsa. Todo nacionalismo es, necesariamente, político, posea (o no) un Estado. Es, además, mentira que esta ideología ayude a la pluralidad cultural, ya que sus seguidores lo que persiguen es la homogeneidad interna. Por eso los nacionalistas se oponen a todo aquello que creen que no pertenece a la esencia de su mítica nación y luchan contra toda lengua o cultura que no consideran propia cuando la homogeneidad que tanto ansían está en peligro.
Esto es algo que también afirma Luis Rodríguez Abascal: «El nacionalismo culturalista no defiende la diversidad cultural, sino que propone un modelo normativo de cultura que homogeneiza prácticas culturales preexistentes. Tiene dificultades para hacer otra cosa porque su punto de partida es siempre un concepto abstracto de cultura, que la concibe como una unidad uniforme u homogénea y la extiende idealmente a lo largo y ancho de un territorio sin atender a cuáles son las prácticas culturales cotidianas subyacentes o sin concederles relevancia moral y política» (Las fronteras del nacionalismo, CEPC, Madrid, 2000, p. 382).
Lluís Flaquer nos previene contra los peligros de una “nación” entendida a la manera nacionalista en el caso de Cataluña: «Dos son los peligros que presenta una concepción esencialista de la nación y de la identidad catalana, que se empeña en aprehenderlas como entidades ahistóricas, situadas fuera del espacio y del tiempo, como fenómenos acabados de una vez por todas desde el inicio de nuestra historia como pueblo. El primero es su mistificación y el segundo su reificación. La primera, propia de la equiparación de los fenómenos sociales a nociones de tipo místico o religioso, tiende a comprender la identidad como un ideal inmutable en su esencia, la comunión con el cual estaría reservada a unos pocos iniciados o escogidos, guardianes eternos del fuego sagrado. La reificación, por otra parte, presenta otros problemas. Significa aprehender los fenómenos humanos como si fueran cosas, es decir, considerar como productos naturales no sometidos a la acción del hombre todo aquello que él ha contribuido a crear» (El català, ¿llengua pública o privada?, Empúries, Barcelona, 1996, pp. 23-24).
Considero, por tanto, que es un error hacer esta distinción entre nacionalismos buenos (culturales) y malos (políticos). Todos ellos son negativos porque se fundamental en planteamientos erróneos. Aunque, como es obvio, es infinitamente mejor defender nuestras ideas, sean éstas las que sean, utilizando métodos democráticos, en vez de usar la violencia para intentar imponernos a otros.

martes, 1 de mayo de 2012

Naciones y Estados


El nacionalismo cree que hay dos formas de estar en el mundo. Por un lado, una existencia auténtica en el seno de una “nación”, enraizada, que nos da una serie de referentes culturales y sentimentales, que nos otorga un papel claro en la historia y en el mundo. Por otro lado, están los que no viven de manera plena su pertenencia a un grupo, los que no se sienten partícipes de ninguna identidad colectiva similar o equiparable a la nacional, los que no tienen raíces o no son conscientes de ellas. Éstos únicamente pueden vivir una vida falsa, antinatural, carente de sentido: están condenados a un vacío espiritual.
         Por eso afirmo que el nacionalismo es más una religión política que una ideología, opinión que es compartida por Anthony D. Smith: «El nacionalismo es mucho más afín a una “religión política” que a una ideología política. [...] Es muy evidente la importancia dada por el nacionalismo a las ceremonias conmemorativas de los grandes líderes o a los muertos en combate, los “gloriosos caídos” que sacrificaron sus vidas en aras de la patria. En esos momentos, podemos entender la nación como una “comunidad sagrada de ciudadanos”, caracterización que concuerda con la interpretación del nacionalismo como “sustituto de la religión”» (Nacionalismo, Alianza, Madrid, 2004, p. 52).
Siguiendo este racionamiento, los nacionalistas postulan la existencia de una realidad natural, compuesta por “naciones”, y otra realidad artificial que estaría representada por los Estados. Y la realidad auténtica no sería la representada por los diferentes Estados, sino la de las “naciones”. Los Estados únicamente tendrían una auténtica legitimidad si representaran a una  “nación”, y toda “nación” debe tener su Estado o, al menos todo, todo Estado debe reconocer su realidad plurinacional. Esta interpretación de la realidad me parece inaceptable, ya que sustituye la legitimidad democrática por la mística de las naciones.
Tal como afirma Josep M. Colomer: «En Cataluña (como en el País Vasco), el uso de la expresión “Estado español” en vez de “España”, por ejemplo, pone de manifiesto esa insana actitud psicológica de eliminación mental de una realidad que resulta incómoda y de tratamiento de un conflicto que es “resuelto” por la vía de negar sus componentes. Lo absurdo de esta terminología salta a la vista a cualquier observador que no esté habituado. La contraposición entre “nación catalana” y “Estado español” olvida que la Generalitat de Cataluña es también Estado, un conjunto de instituciones del Estado español que vertebra y organiza de manera real, no ilusoria, la “nación” catalana; que es su principal estructura (Contra los nacionalismos, Anagrama, Barcelona, 1984, pp. 94-95).
Lo que quieren algunos es eliminar la cosa eliminando su nombre: «En definitiva, hablar de España o de Estado español significa algo más que un problema de palabras. En toda esta encrucijada terminológica, se esconde un enigma de conciencia y de identidades más profundo. [...] Nacionalistas radicales/independentistas suelen evaporar la expresión “España” propagando la de “Estado” con fines de programación ideológica; negando el “nombre” creen así conjurar la realidad» (Francesc Mercadé y otros, Once tesis sobre la cuestión nacional en España, Anthropos, Barcelona, 1983, pp. 43-44).
Es fácil saber el número de Estados que existen en el mundo. Las situación de indeterminación que se producen a este respecto (por ejemplo, en el caso de Kosovo, que es reconocido por algunos países y por otros no) son poco habituales. Sin embargo, es imposible saber cuántas “naciones” hay. Para los nacionalistas españoles sólo hay una “nación” en España, pero para otros nacionalistas hay otras naciones: todo depende de a quien preguntemos. Esta indeterminación del concepto de “nación” lo que demuestra es su pobreza conceptual. No deja de ser una ensoñación metafísica que nos conduce a ninguna parte.


jueves, 26 de abril de 2012

Nacionalismo y partidos políticos en España


Si nos fijamos en los partidos políticos españoles nos daremos cuenta de la verdadera dimensión del nacionalismo en España. Nada hay que decir sobre las organizaciones que abiertamente se declaran nacionalistas (PNV, CIU, ERC, BNG, CC, AMAIUR y otros). Su vinculación a esta ideología es clara y pública. Aunque no comparta sus ideas en este asunto, me parece que es de agradecer que no escondan sus cartas. No obstante, en contra de lo que muchos piensan, el nacionalismo no empieza y acaba en los partidos que explícitamente asumen esta doctrina.
El PP está, sin duda, claramente vinculado al nacionalismo español. No la totalidad de sus dirigentes y militantes, pero sí una parte importante de ellos, así como la mayoría de sus medios de comunicación afines. ¿Por qué el PP estatal y su entorno mediático se opone sistemáticamente a cualquier medida destinada a promocionar las demás lenguas oficiales distintas del castellano? Su oposición solamente puede entenderse desde el nacionalismo español, desde la creencia en la superioridad esencial del castellano sobre los demás idiomas cooficiales, idea camuflada con el concepto de «lengua común».
Es cierto que el discurso del PP no es igual en todas partes. En Galicia este partido se ha mostrado mucho más receptivo hacia otras lenguas que, por ejemplo, en Madrid, la ciudad donde el nacionalismo español es más fuerte. No en vano las élites del PP en esa comunidad tienen como lengua familiar el gallego. Ese partido no es nacionalista, pero es evidente que el nacionalismo español es una de sus fuentes ideológicas principales.


En el PSOE hay bastantes menos nacionalistas españoles que en el PP. Pero lo que encontramos son nacionalistas de otras «naciones». Esto es evidente en el caso del PSC catalán, un partido federado al PSOE donde la mayoría de sus dirigentes afirman que Cataluña es una «nación» distinta de la española. El PSC sostiene un discurso identitario que poco difiere del de ERC o CIU. La única diferencia relevante es que no piden la independencia. Lo mismo sucede en Baleares, la Comunidad Valencia o en Galicia, aunque con menor intensidad que en el caso catalán. Una excepción a esto que estoy señalando es el País Vasco. Allí el discurso del PSOE es más españolista (constitucionalista) que vasquista. En este partido, por lo tanto, el nacionalismo español carece de la importancia que tiene en el PP, pero está, sin duda, infectado por otros nacionalismos periféricos.


¿Y qué podemos decir de IU? Mi impresión es que en esa organización el nacionalismo español es prácticamente inexistente. Pero me parece que la contaminación que sufre de otros nacionalismos es más intensa que la que padece el PSOE. En el País Vasco Ezker Batua formó parte del frente nacionalista y no dudó en entrar en un gobierno autonómico con el PNV y EA. Este partido se niega a pactar con la derecha españolista, es decir, con el PP, pero ha formado parte de gobiernos presididos por la derecha nacionalista vasca, algo totalmente contradictorio y que les ha costado muchos votos. En Cataluña, Baleares y en la Comunidad Valencia IU está totalmente identificada con el catalanismo nacionalista. Y lo mismo sucede en Galicia con el nacionalismo gallego. Esta formación política sostiene que España es un Estado plurinacional, que es lo mismo que piensan los nacionalistas periféricos. Únicamente difieren en que unos quieren la independencia y otros un Estado federal republicano.
         ¿Significa esto que todos los partidos políticos españoles son nacionalistas? Nada más lejos de mi intención decir eso. Lo que pretendo afirmar es que el nacionalismo es una fuerza más poderosa de lo que parece a simple vista y que no debemos reservar el adjetivo «nacionalista» solo para los partidos que abiertamente se definen de esa forma.

sábado, 21 de abril de 2012

Libros para entender el nacionalismo


Si tuviera que aconsejar a alguien un único libro sobre el nacionalismo le recomendaría Naciones y nacionalismo (Alianza, Madrid, 2003) de Ernest Gellner. Me parece una obra de gran profundidad y magníficamente escrita. He de decir que discrepo de algunas de las ideas básicas que Gellner defiende en este ensayo. No creo que el nacionalismo sea una realidad ineludible fruto de las modernas sociedades industriales. Esa presunta necesidad peca de un excesivo mecanicismo histórico. Sí coincido con él, en cambio, en interpretar esta doctrina política como una fuerza que busca la homogeneidad interna dentro de su «nación».


El segundo trabajo que destacaría es Comunidades imaginadas de Benedict Anderson (FCE, México, 1993). Es un libro más extenso que el de Gellner y más pesado de leer. Uno de sus defectos para el lector europeo es que el autor se centra en ejemplos asiáticos que nos quedan demasiado lejanos. A pesar de esto, su definición de la nación como «una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana» (p. 23) se ha convertido en una de las más citadas. Lo que más me ha interesado de esta obra es la función del censo, del mapa y del museo en la creación de una conciencia nacional común. Su lectura es ineludible.


Un libro publicado en dos volúmenes que me ha sido de gran utilidad es La moral del nacionalismo (Gedisa, Barcelona, 2003), compilado por Robert Mckim y Jeff McMahan. Es una selección de diferentes trabajos sobre el tema escritos por especialistas en la materia. Podemos encontrar autores a favor del nacionalismo y en contra. La riqueza de esta obra radica en la pluralidad y en la calidad de los textos. Los temas que trata son los siguientes: 1) La naturaleza, fuentes y psicología del nacionalismo. 2) El nacionalismo y las exigencias de imparcialidad. 3) Nacionalismo, liberalismo y Estado. 4) La tolerancia entre grupos nacionales. 5) Autodeterminación nacional, soberanía e intervención. Un defecto que señalaría es que la mayoría de los autores son de EE. UU. La visión del nacionalismo que se tiene en ese país y en España o en Latinoamérica es bastante diferente.  


Otro autor que no puedo dejar de citar es Anthony D. Smith. Para empezar en el estudio de esta cuestión su libro Nacionalismo (Alianza, Madrid, 2004) es muy aconsejable. Es breve, está bien escrito y explica los conceptos básicos sobre este tema. Otro texto de este mismo especialista que señalaría es Nacionalismo y modernidad (Istmo, Madrid, 2000), una obra muy completa donde se analizan diferentes teorías sobre esta ideología. He de decir que tengo profundas divergencias con las ideas de Anthony D. Smith, especialmente en lo que atañe al origen étnico de las naciones, algo que no invalida la importante aportación de este estudioso.


Para finalizar quisiera mencionar dos libros escritos en español. El primero que citaría es Las fronteras del nacionalismo (CEPC, Madrid, 2000) de Luis Rodríguez Abascal. En mi opinión es uno de los mejores ensayos donde se aborda esta temática. He aprendido mucho leyéndolo. Es un trabajo de 550 páginas en el que se analizan los aspectos centrales del nacionalismo. La gran virtud de este texto es que L. Rodríguez Abascal desarrolla un análisis racional de gran profundidad y rigor, demostrando, además, un extenso conocimiento de la bibliografía sobre el tema.


En segundo lugar señalaría El nacionalismo. Una ideología (Tecnos, Madrid, 2005) de Alfredo Cruz Prados. Es un trabajo donde se señalan muchas de las carencias del nacionalismo. En él se hace, también, una acertada crítica al derecho de autodeterminación defendido por los nacionalistas. He escrito una reseña de este libro publicada en la revista Anuario filosófico (2007) que puede leerse AQUÍ.

martes, 17 de abril de 2012

Entrevista en Radio Campus


Hoy se ha publicado en la página web de Radio Campus de la Universidad de La Laguna una entrevista que formará parte del próximo número de El escéptico digital. Puede leerse AQUÍ.


sábado, 14 de abril de 2012

Nacionalismo y patriotismo


Cuando comencé a escribir sobre el nacionalismo redacté un capítulo que trataba sobre las relaciones entre el patriotismo y esta ideología política. Como sabrán todos aquellos que hayan leído mi libro, esa parte no fue incluida en el texto definitivo que ha sido publicado. A continuación explicaré las razones de esa ausencia.
Después de leer varios ensayos sobre el tema, la distinción entre nacionalismo y patriotismo me parecía clara, al igual que para muchos otros autores. J. L. González Quirós, en Una apología del patriotismo (Taurus, Madrid, 2002), afirma que «apenas puede haber mayor oposición entre dos ideas que la que existe entre el patriotismo, que es una virtud individual, y el nacionalismo, que puede considerarse, más bien, como un vicio colectivo, independientemente de la que patria en que se produzca» (pág. 8).
Esta opinión es compartida por Mario Vargas Llosa, Premio Nobel de Literatura 2010. En su discurso de aceptación de este galardón dice que «no hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad».
         Dediqué grandes esfuerzos conceptuales a distinguir el nacionalismo del patriotismo. Me parecía una tarea necesaria para intentar encauzar de manera civilizada los sentimientos de afecto colectivo que muchas personas sienten hacia la sociedad en la que viven. El patriotismo centrado en la defensa de la libertad y de la justicia podía ser una alternativa viable a la ideología nacionalista, una forma de arrancar de sus garras a todos aquellos que se sienten especialmente vinculados con su patria. Pero cuanto más avanzaba en mi trabajo menos claro veía este tema.
         El concepto de patria es muy difuso. La patria es el lugar al que una persona se siente especialmente ligada, normalmente porque ha vivido toda o gran parte de su vida en él. Para algunos su patria puede ser su pueblo, su ciudad, un grupo de personas con las que forma una comunidad que posee unos rasgos comunes, una región, un Estado o toda la humanidad.
Es posible también sostener que tu patria no está en este mundo. San Pablo, en su Epístola a los Filipenses (3, 18-21), afirma que «nosotros, en cambio, tenemos nuestra ciudad en los cielos, de donde esperamos a nuestro Salvador, el Señor Jesucristo, el cual transfigurará el cuerpo de nuestra mezquindad para hacerlo conforme con el cuerpo de su gloria». El «nosotros» se refiere en este caso a los cristianos y la «ciudad» es, sin duda, equivalente a «patria». Ésta sólo se alcanzaría en el más allá, lugar donde podremos contemplar a Dios y a su hijo Jesucristo en su reino sobrenatural.
         El concepto de patria, además, no es excluyente y una misma persona puede tener varias: su pueblo, su región, su Estado, el continente donde vive o el planeta Tierra. Alguien puede afirmar que su patria es Barcelona, Cataluña, España, Europa y el mundo entero. Y es igual de aceptable tener sólo una. Al final hay tantas patrias como personas. Con un concepto tan subjetivo, tan emocional e íntimo, se hace difícil elaborar un discurso racional.
El patriotismo en realidad no deja de ser la expresión de una obviedad: todo el mundo desea lo mejor para aquellos que aprecia. De la misma forma que la inmensa mayoría de los padres quieren a sus hijos y están dispuestos a sacrificarse por ellos mucho más que por un desconocido, las personas queremos que le vaya bien a la comunidad en la que vivimos. Por supuesto deseamos el bienestar de la humanidad, pero es habitual que nos preocupe y nos importe más aquello que tenemos cerca.
Hay otra razón que me condujo a dejar de lado este asunto. El patriotismo es, en muchas ocasiones, una de las máscaras bajo las que se esconden los nacionalistas. Éstos buscan camuflarse con otros nombres y apariencias. Es un recurso habitual presentar el nacionalismo de Estado como patriotismo, y usar el calificativo de «nacionalista» de manera peyorativa para señalar a aquellos nacionalismos que no poseen un Estado, pero que desean tenerlo. Nociones como la de patriotismo constitucional, tan de moda hace algunos años, no dejan de ser reformulaciones del nacionalismo español de siempre interesado en presentarse como una fuerza cívica y democrática frente a los nacionalismos periféricos tribales.

martes, 10 de abril de 2012

Segunda respuesta a Iñaki Urbanibia


Quiero agradecer a Iñaki Urbanibia su réplica a mi respuesta. Es positivo que dos personas puedan discutir de estos asuntos sin caer en los discursos crispados que habitualmente vemos en muchos medios de comunicación. Mi libro y este blog no deja de ser una invitación a una reflexión pausada (no por ello exenta de pasión) sobre este tema. No busco contribuir a un enfrentamiento que no nos conduce a ninguna parte.
Este autor señala que mi libro no entra en la historia del nacionalismo, en concreto se refiere a “las tropelías acumuladas a lo largo de cuando menos los años del franquismo”. Es cierto que si consideramos en conjunto los nacionalismos españoles, no sólo teniendo en cuenta el franquismo, sino analizando un periodo más amplio, el nacionalismo español ha sido el peor de todos. Esto es así porque los nacionalismos de Estado siempre suelen ser más tóxicos que los periféricos, porque disponen de una máquina represora del que los otros carecen. Es verdad que durante el franquismo el nacionalismo español llegó a unas cotas de represión contra otras lenguas y culturas pocas veces vistas en nuestra historia. Eso es algo que lamento y que condeno de la misma forma que rechazo cualquier régimen totalitario, de la naturaleza que sea, incluido el comunismo. También es cierto que esa represión franquista ha alimentado a los otros nacionalismos periféricos. Pero, sinceramente, no veo la utilidad de escribir un libro donde se relaten los agravios de unos contra otros. Existen muchos ensayos que analizan esa cuestión y que documentan muy bien todos esos excesos. El tema del que se trata en mi ensayo es más profundo y, si se quiere, más radical (en el sentido de que se va a la raíz del asunto). La pregunta que me hago es si el nacionalismo es verdadero o falso, si es bueno o malo, si es mejor defenderlo o rechazarlo. La respuesta a la que llego es negativa. Y los excesos franquistas lo que hacen es darme la razón, ya que muestran de manera clara las maldades en las que nos puede hacer caer esta ideología. Que el franquismo haya sido malo con los nacionalismos periféricos no convierte a esos nacionalismos en más verdaderos, sino que evidencia de manera más clara el fracaso de esa ideología política.
Urbanibia también afirma que “si usted no entra en la dialéctica «España/nacionalidades oprimidas» veo un problemilla: usted se mueve entonces por las nebulosas del hiper-ouranós platónico y no por el asqueroso mundo real”. No creo que mi libro se quede en una reflexión abstracta, sino que me meto en temas polémicos, como el de la política lingüística catalana. En su último capítulo, donde trato del nacionalismo español, hago un análisis del mundo real y no me limito a una elucubración filosófica. Allí denuncio la existencia de un nacionalismo español contemporáneo, algo que a muchos les cuesta entender. Critico el nombre “Estado español” y la idea de “nación de naciones”. Entro, además, en un análisis-refutación de las ideas de Gustavo Bueno. Todos estos temas pueden encontrarse en cualquier periódico que abramos por la mañana, en lo que Urbanibia llama el “asqueroso mundo real”.
Este autor también afirma lo siguiente: “Cierto crujido brota a la hora de conceder mayor entidad ontológica y epistemológica al Estado que a las supuestas nacionalidades”. No voy a repetir aquí lo que digo en El nacionalismo ¡vaya timo! Lo que sí sé es que el Reino de España, la República de Francia o la República Popular de China son Estados. Lo que no sé es cuántas “naciones” (entendidas a la manera nacionalista) hay en España. Porque según algunos hay tres, ocho o veinticinco. Es evidente que a la hora de delimitar conceptos la idea de “Estado” está mucho más clara que la de “nación”, que nos hace deslizarnos por una ponzoña conceptual que dice muy poco de esta noción central para el nacionalismo.
En su tercera crítica señala que “usted sabe bien que habitualmente quienes combaten con fogosidad el nacionalismo (catalán, vasco…) muestran un nacionalismo de facto mucho más fuerte y jacobino”. Eso que dice es cierto, pero esa es una crítica, que como el propio Iñaki Urbanibia señala, no se me puede achacar. Aquí es donde pienso que radica la fuerza de mi argumentación, en su radicalidad, en su rechazo frontal a TODO nacionalismo. Si hubiera empezado a decir que hay unos nacionalismos buenos (de Estado) y otros malos (los que no tienen Estado), entonces todo mi discurso se hubiera derrumbado como un castillo de naipes.
Dice este autor que él se posiciona a favor del “«oprimido», por aquel que deja abierta las puertas a un futuro no consolidado y que también da muestras de más furia reivindicativa”. Vaya por delante que lamento que nadie sea oprimido por sus ideas o por hablar una lengua determinada, o por tener una cultura o una identidad personal distinta, algo que rechazo totalmente. Sobre esto diré lo siguiente: que alguien sea oprimido no significa que tenga razón. Que un nacionalismo de Estado reprima a un nacionalismo sin Estado no justifica o da la razón a los reprimidos. El nacionalismo es un error, lo defienda quien lo defienda. Por supuesto hay nacionalismos más tóxicos que otros. Por ejemplo, el serbio ha sido, sin duda, peor que el gallego.
En su cuarta objeción, Iñaki Urbanibia señala que los sentimientos de pertenencia “juegan un papel esencial entre los humanos ya que los aspectos afectivos pesan tanto en los aspectos lingüísticos como sociales, morales”. En eso tiene razón. Cada uno se siente como quiere. No es malo que alguien se sienta vinculado a una lengua, a una región o a una comunidad determinada, tenga o no un Estado propio. El problema es la ideología que se aprovecha de esos sentimientos de pertenencia para provocar el enfrentamiento entre las personas. Estos sentimientos son respetables, lo que rechazo es la ideología que los utiliza.
Finalmente este autor afirma “que el dar por bueno el actual estado de cosas, España como realidad uninacional y estatal supone aminorar o negar, al tiempo que entonar el «¡viva España!» frente a los posibles visca o gora”. Creo que en ningún momento he caído en dar por buena la actual situación de España como Estado. Lo que señalo es la dificultad de cambiar el actual marco constitucional. Algo imposible de hacer sin un acuerdo entre todas las partes en conflicto. España, al igual que cualquier otro Estado, no deja de ser un invento, una forma colectiva de convivencia. Algún día, de aquí a mucho, mucho tiempo, quizás los actuales Estados dejen de existir o simplemente sean divisiones administrativas de unidades políticas mayores. Eso es algo que nadie puede prever. Lo importante es la voluntad democrática de los ciudadanos. El Estado es sólo un instrumento para vehicular esa voluntad.